Facundo

Facundo Resumen y Análisis Capítulos 4-6

Resumen

Capítulo 4: Revolución 1810

Sarmiento llega en este capítulo a lo que es el inicio de lo que llama “nuestro drama”, con la Revolución que llevó a la independencia argentina en 1810. Para el escritor, el objeto de esta revolución, como la de todas las revoluciones americanas, es “el movimiento de las ideas europeas” que solo interesa a las ciudades argentinas. A la campaña solo la benefician para sustraerse de la autoridad del rey y utiliza la revolución como medio de canalizar “el exceso de vida” característico del hombre del campo (p.65).

Si la Revolución enfrenta a patriotas contra realistas, una vez que los patriotas vencen, estos se subdividen entre moderados y exaltados. Pero también surge una tercera entidad indiferente a cualquiera de los dos bandos, una fuerza heterogénea que es puesta en movimiento por caudillos como Artigas y Facundo: la montonera. Es esta fuerza de “los instintos brutales de las masas ignorantes” la que Rosas plagia para establecer “un sistema mediato y coordinado fríamente”, en el que se ejecuta degollando en vez de fusilando (p.67).

Son dos las guerras que se libran en la Revolución: la de las ciudades contra los españoles, y la de los caudillos contra las ciudades. El enigma de la revolución, para Sarmiento, es que las ciudades vencen contra los españoles, pero los caudillos triunfan sobre las ciudades, situación que persiste en el momento en que escribe.

Para demostrar el estrago que han hecho los caudillos en las ciudades argentinas, Sarmiento toma como ejemplo a La Rioja y a San Juan. Ambas provincias tenían antes figuras eminentes y cultas que habían empezado a asentar las bases para el progreso de los habitantes, pero en 1845 La Rioja no tiene abogados, ni médicos, ni escuelas, ni hombres que vistan de frac, y en el pueblo predomina el sentimiento de terror. En San Juan, que “era uno de los pueblos más cultos del interior”, cerraron muchos colegios, no hay ni cuatro hombres que sepan hablar inglés o francés y solo tres estudian fuera de la provincia. Es este “nivel barbarizador”, que pesa sobre todas las ciudades argentinas, lo que Sarmiento quiere combatir, para que las ciudades vuelvan a su vida propia (pp.72-74).

Capítulo 5: vida de Juan Facundo Quiroga

El capítulo empieza con una escena en la que un hombre se enfrenta a un tigre en el medio del desierto, esperando muchas horas arriba de la copa de un árbol hasta que sus amigos lo vienen a rescatar. Este fue el momento en el que Juan Facundo Quiroga, a quien llaman el Tigre de los Llanos, supo lo que era tener miedo.

Dice Sarmiento que Facundo causaba “una sensación involuntaria de terror” sobre quienes dirigía su mirada de “ojos negros, llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas”, y que la fisonomía de su cabeza indicaba “la organización privilegiada de los hombres nacidos para mandar” (p.81). Desde la infancia, Facundo muestra dotes de caudillo con su actitud desafiante y reacia a toda norma, hasta conseguir de joven una reputación infame con los primeros regueros de sangre que empieza a dejar a su paso.

Ya de adulto, Facundo vive siempre perseguido, a veces oculto, otras jugando o trabajando, siempre “dominando todo lo que se le acerca y distribuyendo puñaladas” (p.82). Con la Revolución empieza su carrera de las armas, en la que puede emplear “sus instintos de destrucción y carnicería” para alcanzar una posición de mando (p.83). No obstante, en vez de convertirse en un héroe de la independencia, Facundo deserta del ejército para unirse a una montonera, aunque lo atrapan y lo encarcelan unos meses en San Luis.

La cárcel se convierte en el punto de partida de su gloria. Durante la sublevación de unos prisioneros españoles, que liberan a los presos comunes –entre quienes se encuentra Facundo–, el riojano acomete contra ellos enarbolando un “macho de grillos” con el que “deja una ancha calle sembrada de cadáveres” (p.85). Con este acto de valor, que lo vuelve a poner bajo protección de la patria, Facundo regresa a los Llanos ostentando “nuevos títulos que justifican el terror que ya empieza a inspirar su nombre” (p.86).

En Facundo Sarmiento ve el ejemplo del hombre grande que ha nacido así, y que no tiene la culpa de ser como es. Es un “tipo de la barbarie primitiva” que revela en todos sus actos al “hombre bestia”, sin que eso signifique que no tenga “elevación de miras” (p.87). Como es incapaz de producir admiración o envidia, Facundo logra mandar y dominar a través del terror, que infunde por igual entre sus enemigos y sus seres queridos. Es tan amplio el repertorio de anécdotas que hacen a la reputación infame de Quiroga que algunos hombres le han llegado a atribuir poderes sobrenaturales.

Capítulo 6: La Rioja

El capítulo se inicia con una descripción de la geografía de La Rioja, provincia natal de Facundo, de aspecto “desolado” y clima “abrasador”, semejante al de Palestina o el Líbano, en su “extraña combinación de montañas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos y erizados” (pp.91-92). Las “reminiscencias orientales” vienen también con el aspecto patriarcal de los campesinos de La Rioja, que llevan la barba larga y tienen un perfil triste y taciturno. La provincia también posee ciertos visos medievales que se revelan en las eternas disputas de las familias de la región, los Ocampo y los Dávila, que son como “feudos italianos” (p.92) que dividen la población en dos bandos.

Hacia 1820, Facundo obtiene autoridad como Sargento Mayor de las Milicias de Los Llanos, autoridad que utiliza para socavar el poder de las familias riojanas hasta que, después de enfrentarse a duelo con Miguel Dávila y vencer, se convierte en gobernador de La Rioja. Estando aquel “genio bárbaro” en el poder, dice Sarmiento, “las tradiciones de gobierno desaparecen, las formas se degradan, las leyes son un juguete en manos torpes” (p.96). El gobernador Quiroga juega con su población, generando temor entre la gente con “lecciones” de obediencia, que Rosas imitará después como gobernador de Buenos Aires.

Un vicio que caracteriza a Facundo es el juego de apuestas, pasión que para Sarmiento manifiesta “una buena cualidad de espíritu que está ociosa por mala organización de una sociedad” (p.100). En el juego, Quiroga también ejerce su terror, puesto que no dejaba que nadie se retirara hasta que él lo dispusiera. A riesgo de ser azotado o fusilado, el juego podía seguir hasta cuarenta horas o más. Son tantas las infamias que aparecen en los manuscritos que el escritor consulta, que sacrifica el relato de algunas por pretensión literaria, para que los cuadros no salgan “recargados, innobles, repulsivos” (p.101).

Análisis

El tema central del capítulo 4 es el del campo vs. la ciudad, enfrentamiento que para Sarmiento hace al drama de la Argentina de su tiempo. Este combate surge de lo que produjo la Revolución de 1810, que, si bien significó un paso adelante hacia la civilización movilizado por las ciudades, tuvo como consecuencia la aparición de la montonera, la barbarie como “tercera entidad” liderada por sus Grandes Hombres, como Artigas y Quiroga.

En la perspectiva de Sarmiento, mientras las ciudades conciben la revolución como un medio para implementar en el territorio las ideas europeas, la campaña solo ve en la insurrección una excusa para ocupar el “exceso de vida” que tiene el gaucho por su naturaleza salvaje (p.65). Era la montonera un “instrumento ciego”, adverso tanto a la monarquía como a la república, del que las ciudades se sirvieron para hacer la revolución, sucumbiendo luego ante esa fuerza que arrasó “sus ideas, su literatura, sus colegios, sus tribunales, su civilización” (pp.66-67). Desde la perspectiva de Sarmiento, este es el enigma de la República Argentina que es necesario explicar: es la paradoja de la Revolución de 1810, que en vez de conducir al país hacia el progreso, trajo en cambio más barbarie hacia los focos civilizados del territorio.

Sarmiento vuelve a utilizar imágenes orientalistas para comparar el poder de los caudillos y la montonera con el de las “hordas beduinas que hoy importunan con su algazara y depredaciones las fronteras de la Argelia”. Esta analogía le sirve para describir con detalles el modo de obrar de las “masas inmensas de jinetes que vagan por el desierto”, que consiguen triunfar por sobre “las fuerzas disciplinadas de las ciudades” gracias a las ventajas que les da el territorio, en donde pueden disiparse en todas direcciones “como las nubes de cosacos” y caer por sorpresa ante los ejércitos extenuados y desprevenidos (p.67).

El modo de obrar de esta montonera es el que existía antes de Rosas, a quien Sarmiento acusa de no haber inventado nada; solo supo convertir las “formas gauchas” de asesinar, como el degüello, en parte integral de su gobierno déspota, en el que cambia “las formas legales y admitidas en las sociedades cultas, por otras que él llama americanas” (p.67). Con esta crítica, el autor quiere denunciar el modo en que Rosas pretende encarnar el ser nacional para justificar su empresa, engañando a América y Europa “con un sistema de asesinatos y crueldades tolerables tan solo […] en el interior de África” (p.68).

Las dos provincias que Sarmiento toma como ejemplo para poner en evidencia el mal que ha hecho la barbarie en las ciudades son significativas: una, La Rioja, es la provincia de donde sale Facundo; la otra, San Juan, es de donde proviene el propio Sarmiento. Elige, para su denuncia, algunos elementos que simbolizan la falta de civilización, como la ausencia de profesionales y personas instruidas, la falta de trajes europeos como el frac y el cierre de instituciones educativas como los colegios. En este punto vuelve a aparecer la enunciación en primera persona: “Yo, que hago profesión, hoy, de la enseñanza primaria […], puedo decir que si alguna vez se ha realizado en América, algo parecido a las famosas escuelas holandesas descritas por M. Cousin, es en la de San Juan” (p.73). De esta manera, Sarmiento demuestra que la cuestión de la educación toca en él una fibra sensible, puesto que él había fomentado en su provincia el avance en educación siguiendo modelos europeos, objetivo que tuvo en mente durante toda su vida, hasta convertirse en el prócer “Padre del aula”.

Además de usar el “yo”, Sarmiento cierra este capítulo con un “nosotros”, que es el de quienes combaten juntos “para volver a las ciudades su vida propia” (p.74). Con esto anticipa lo que luego enunciará de forma programática en los capítulos finales, cuando intente dar una solución al conflicto entre el campo y la ciudad que, para el escritor, sigue estando vigente al momento en el que publica el Facundo.

Podría llamar la atención del lector que recién en el capítulo 5 aparezca el gran protagonista del libro, dando comienzo a lo que podría llamarse la biografía de Quiroga. Como bien nos había anticipado Sarmiento en la introducción, todo lo dicho anteriormente sobre el territorio argentino y los caracteres que engendra configura el escenario en el que se envuelve su figura más ejemplar. En este sentido, la organización del Facundo nos dice algo del tema del telurismo y de cómo el escritor ve una relación causal entre las condiciones del suelo, sus tipos característicos y el caso singular del caudillo riojano.

El capítulo 5 empieza con una anécdota simbólica: la escena iniciática en la que Facundo obtiene su apodo “Tigre de los Llanos”. Se trata de un episodio cargado de tensión y de suspenso, en el que Sarmiento vuelve a demostrar su destreza literaria en la reconstrucción de los hechos y en la descripción del tigre y del hombre que “se disputan el dominio de la naturaleza” en el medio del desierto argentino (p.79). El escritor solo revela que quien enfrenta a la fiera es Facundo Quiroga cuando termina su narración, momento en el que también cita la voz del caudillo diciendo: “Entonces supe lo que era tener miedo” (p.80). De esta manera, el capítulo da inicio a la historia de vida de Quiroga estableciendo una correlación entre el terror que tuvo Facundo enfrentando al animal salvaje con el terror que él mismo supo infundir luego en la población.

Adscribiendo a otro conocimiento de la época, la frenología, Sarmiento afirma que en la fisonomía de Facundo ya se revelaban su comportamiento y su moralidad, puesto que la forma de su cabeza y de su cuerpo descubría “una voluntad firma y tenaz”, la de los hombres nacidos para mandar (p.81). Esta correspondencia entre características físicas y psicológicas –idea pseudocientífica que tuvo vigencia durante gran parte del siglo XIX– sirve, como el telurismo, para explicar la supuesta influencia que lo innato ejerce sobre el “hombre bestia”, aquel que permanece en estado de naturaleza salvaje. Con esto, el escritor quiere demostrar que la barbarie engendra individuos que pueden liderar a través del terror, pero también busca argumentar que Facundo, como “tipo de la barbarie primitiva”, ha llegado a ser lo que fue por condiciones telúricas e innatas de las que no es responsable, cosa que no dirá de Rosas, en quien ve un uso frío y racional de esa pasión bárbara que caracterizó a Facundo (p.87).

Sarmiento repone varias de las anécdotas con las que Facundo se labró su reputación sanguinaria. Algunas de ellas, afirma el escritor, son exageradas, como aquella en la que Facundo fue liberado de prisión por unos españoles a los que luego asesinó: “Dícese que el arma de que hizo uso fue una bayoneta, y que los muertos no pasaron de tres. Quiroga, empero, hablaba siempre del macho de los grillos y de catorce muertos. Acaso es esta una de esas idealizaciones, con que la imaginación poética del pueblo embellece los tipos de la fuerza brutal, que tanto admira” (p.85). El renombre del caudillo se configura, de esta forma, a partir de los relatos que circulan de boca en boca y que son atravesados por un imaginario popular bárbaro, que idealiza al Grande Hombre haciéndolo más temible de lo que en verdad fue. Por eso, dice Sarmiento, algunos “hombres groseros” creían que Facundo tenía “poderes sobrenaturales” (p.88).

Pero el propio escritor también peca de exagerado o hiperbólico cuando afirma que “es inagotable el repertorio de anécdotas de que está llena la memoria de los pueblos, con respecto a Quiroga” (p.87). Sarmiento afirma que suprime muchas de aquellas historias que hacen al anecdotario del terror de Facundo, omitiendo por decoro o por pretensiones literarias lo que, por acumulación, resulta demasiado horrible para aparecer en las páginas del Facundo. Es un recurso de su narración que no se dé a conocer todo lo que Quiroga hizo, porque de esta manera el autor deja que el lector imagine y se horrorice ante la idea de aquellas atrocidades que permanecen ocultas. Lo que se omite es también parte de la construcción ominosa del biografiado.

Si bien la fisonomía que se impone en el territorio es la llanura, que abruma por la extensión de su lisa horizontalidad, en La Rioja –provincia natal de Facundo, en la que Sarmiento se detiene en el capítulo 6– también aparece lo escarpado de las montañas, que forman imágenes “pintorescas y fantásticas” (p.91). Esta geografía trae nuevamente imágenes orientalistas, en las que se compara a La Rioja con Palestina, semejanza del suelo que se traslada a la semejanza de sus poblaciones, que comparten el mismo aire “grave y taimado” (p.92).

Las imágenes medievales aparecen también aquí en el espacio y en los personajes: los accidentes de la montaña parecen a lo lejos “torreones y castillos feudales arruinados”, lo que se relaciona con la sociabilidad feudal que existe en La Rioja, en las que familias “antiguas, ricas y tituladas” se disputan el poder (p.92). La Edad Media y el Oriente son imágenes codificadas de la época que representan la falta de civilización, que Sarmiento aprovecha para marcar la barbarie de la provincia de la que proviene Quiroga.

Rosas vuelve a aparecer en esta parte porque el escritor ve un paralelismo entre lo que Quiroga hizo como gobernador de La Rioja y lo que más adelante hará Rosas en el gobierno de Buenos Aires. Las “lecciones” que daba Facundo –haciendo, por ejemplo, que los ciudadanos marchen toda la noche hasta extenuarlos– “el hábil político” de Buenos Aires las convirtió luego en un “sistema”. Por ejemplo, desde 1835 hasta 1840 –durante el gobierno de Rosas– “casi toda la ciudad de Buenos Aires ha pasado por las cárceles” (p.99). El paralelismo busca establecer una relación de continuidad entre uno y otro caudillo, que le sirve a Sarmiento para denunciar a Rosas y su sistema de gobierno, vigente en el momento en que publica el Facundo.