El conde de Montecristo

El conde de Montecristo Resumen y Análisis Capítulos XXXIX-LXX

Resumen

Capítulo XXXIX

Llegado el día, Alberto espera la visita del conde de Montecristo con sus invitados: el conde de Château-Renaud, Lucien Debray, secretario del Ministro del Interior, el señor Beauchamp, un famoso periodista y Maximiliano Morrel, capitán de espahíes. Al final del capítulo, el Conde llega con sorprendente puntualidad.

Capítulo XL

El conde impresiona positivamente a todos los invitados. Durante la reunión, Dantès descubre que Alberto está comprometido con Eugenia Danglars, la hija de su enemigo. También, el conde revela que se compró dos casas, una en los Campos Elíseos y otra en Auteuil. Finalmente, los invitados se retiran y Alberto queda a solas con el conde.

Capítulo XLI

Alberto presenta al conde ante su padre, Fernando, quien le agradece por haber salvado a su hijo. Evidentemente, Fernando no reconoce que Montecristo es su viejo enemigo, Edmundo. Luego aparece Mercedes, que palidece al ver al conde, aunque explica que ello se debe a la emoción de conocer al hombre que salvo a su hijo. Sin embargo, cuando se queda a solas con Alberto, Mercedes le advierte que tenga cuidado con Montecristo.

Capítulo XLII

Mientras el conde conoce su nueva casa, un notario llega para efectuar la compra de la casa de campo en Auteuil. Su ayuda de cámara, Bertuccio, se altera cuando escucha la dirección de la casa, pero el conde resuelve rápido la compra y le ordena al criado que lo acompañe a conocerla.

Capítulo XLIII

En la casa de Auteuil, el conde lleva a Bertuccio a un lugar particular del patio, en el que sabe que tuvo lugar un acontecimiento trágico de su vida. El conde finge desconocimiento de los hechos, pero en realidad está probando la fidelidad de Bertuccio, quien se quiebra y termina por confesarle que allí mismo intentó asesinar al señor Villefort.

Capítulo XLIV

En este capítulo, Bertuccio cuenta la historia de su venganza hacia Villefort. El procurador no ajusticia a los asesinos de su hermano y, por tal motivo, Bertuccio lo acecha hasta apuñalarlo en aquella casa de campo. Una vez consumada su venganza, Bertuccio descubre a un bebe recién nacido que Villefort había enterrado en el parque y lo rescata. El niño recibe el nombre de Benedetto; y Bertuccio lo cría junto a la esposa de su hermano fallecido. Desde muy pequeño, el niño demuestra ser muy malvado. Bertuccio cuenta que se dedica al contrabandismo, por lo que en una ocasión debe escapar de la justicia para no ir preso. Para huir de la ley, se introduce en la posada de Caderousse, donde ve cómo el posadero vende un diamante a un joyero, a quien invita luego a pasar la noche en la posada, puesto que una gran tormenta imposibilita el regreso a la ciudad.

Capítulo XLV

Así, Bertuccio es testigo de cómo Caderousse asesina al joyero y a su esposa y luego escapa en medio de la tormenta. Cuando Bertuccio intenta escapar, es arrestado por la policía y culpado por los crímenes cometidos en la posada. Sin embargo, meses después el abate Busoni lo libera de la prisión, y Caderousse confiesa su culpabilidad.

El capítulo termina con el trágico final de la familia de Bertuccio. Benedetto, cada vez más violento, llega al punto de matar a su madre adoptiva para robarle.

Capítulo XLVI

Danglars visita la casa del conde, aunque este no lo atiende y le ordena a su sirviente que le compre los caballos en los que llegó. Por la noche, el conde le devuelve la visita a Danglars y llega con los caballos que horas antes le pertenecían a él. La meta del conde con aquella visita es pedirle al banquero un préstamo ilimitado en su firma. Danglars, escandalizado y preocupado, termina por acceder gracias a que el conde juega con su orgullo de banquero.

Capítulo XLVII

Danglars introduce al conde a su familia y le presenta a su esposa, quien se encuentra con Lucien Debray, su amante. Durante la reunión, la señora Danglars descubre que Montecristo tiene sus caballos, lo que desata una pelea entra ella y su esposo, que fue quien los vendió. Cuando Montecristo vuelve a su casa, le envía una carta a la baronesa junto a la devolución de los caballos.

La mañana siguiente, Eloísa de Villefort sale a dar un paseo junto a su hijo, en el carruaje que la señora Danglars les presta. Inexplicablemente, los caballos enloquecen y el cochero no puede controlarlos. Cuando pasan por la residencia del conde, Ali, su sirviente nubio, está apostado a la entrada, preparado para intervenir y detener a los animales desbocados. Así, el conde le salva la vida a Eloísa y su hijo, y se gana su respeto y su interés.

Capítulo XLVIII

Villefort visita al conde para agradecer su intervención en el accidente con los caballos. Sin embargo, la visita deriva en un debate tenso y poco cordial sobre la justicia y la ley. Villefort se despide, dejando la invitación abierta a un futuro encuentro, puesto que la superioridad que reconoce en el conde lo atrae.

Capítulo XLIX

El Conde visita a Haydée, su esclava griega, para explicarle que por las leyes de Francia ella ahora es libre de hacer lo que quiera. Sin embargo, Haydée le profesa su amor y se niega a dejarlo.

Capítulo L

Montecristo visita a los Morrel, quienes le cuentan la historia sobre el desconocido que les salvó la vida, sin saber que se trata del propio conde. Además, revelan que las últimas palabras de su padre fueron que el salvador de ellos era Edmundo Dantès, en este punto, el conde ya no puede resistir la emoción y se ve obligado a retirarse.

Capítulo LI

En este capítulo se revela una aventura secreta entre Valentina, la hija de Villefort, y Maximiliano Morrel. Los jóvenes no pueden profesar su amor en público porque la familia de Valentina desprecia a la de Maximiliano y, además, ella está prometida al barón Franz d’Epinay.

Capítulo LII

El conde visita a Villefort, pero como el procurador está ocupado, pasa la tarde con Eloísa Villefort, con quien habla mucho sobre venenos y antídotos, tema en el que tanto el conde como su interlocutora parecen ser muy versados.

Capítulo LIII

El conde se presenta en la ópera junto a Haydée y genera un gran impacto, especialmente la joven, quien lleva un vestido cubierto de diamantes y parece una princesa de un cuento de Las mil y una noches. En un interludio, Haydée se descompensa al ver que el conde habla con el hombre que traicionó a su padre, Fernando Mondego, ahora conocido como el conde de Morcerf.

Capítulo LIV

El conde recibe la visita de Alberto y Debray, con el motivo de reiterar el agradecimiento de la señora Danglars. Sin embargo, el conde sabe que Debray es el amante de la baronesa y que está allí para sacarle información. Durante la reunión, Alberto expresa su disgusto por el compromiso con Eugenia Danglars, organizado por su padre pero desaprobado por su madre. En esa situación, Alberto debe elegir a quién complacer y a quién disgustar. Cuando Debray se retira, Montecristo le propone aprovechar una cena que tiene programada con el fin de presentarle un potencial pretendiente nuevo a la familia Danglars, Andrea Cavalcanti.

Capítulo LV

El conde contrata a un hombre para que actúe como el mayor Bartolomeo Cavalcanti. El intérprete acude a la casa del conde y sin expresar en absoluto la farsa del asunto, se ponen de acuerdo en la historia y la paga que recibirá por aquel trabajo. El conde la informa a Bartolomeo que ese será el día del reencuentro con su hijo, a quien no ve desde hace quince años.

Capítulo LVI

El conde se encuentra con Andrea Cavalcanti en otra habitación y habla con él sin esclarecer que todo se trata de una pantomima. Andrea cumple su papel de hijo y se reencuentra con su supuesto padre. El conde los invita al almuerzo que está organizando en su casa en Auteuil.

Capítulo LVII

Maximiliano y Valentina vuelven a encontrarse a escondidas. Hablan con una cerca de por miedo y tratan de encontrar una forma de evitar el matrimonio arreglado entre los Villefort y d’Epinay.

Capítulo LVIII

El matrimonio Villefort le informa al señor Noirtier que comprometieron a Valentina con Franz d´Epinay. El señor, que tiene un fuerte vínculo con su nieta, se opone a que se efectúe el casamiento entre ella y una familia que históricamente fue rival de sus ideales. Noirtier, con el objetivo de poner en marcha un plan que no cuenta a nadie, le pide a su sirviente que llame a un notario.

Capítulo LVIX

Los notarios escriben el testamento valiéndose de Valentina, la única que comprende al abuelo que hace tiempo perdió la capacidad de habla. En el testamento, Noirtier deshereda a su familia en el caso de que casen a su nieta con Franz. Sin embargo, Villefort prefiere perder la herencia de su padre antes que ceder ante él.

Capítulo LX

Cuando la pareja Villefort baja al salón, el conde de Montecristo está esperándolos para recordarles de la cena en la casa de Auteuil. Villefort reconoce la dirección: es la casa en la que fue apuñalado cuando intentaba enterrar a su hijo recién nacido.

Capítulo LXI

Al retirarse, el conde pasa por un telégrafo y le ofrece una gran suma de dinero al empleado a cargo para que haga circular una noticia falsa. Debray recibe la noticia y se la comunica a la señora Danglars, motivándola a realizar una arriesgada jugada financiera. Cuando se revela que la noticia es falsa, dicha jugada en bolsa le cuesta a los Danglars la pérdida de un millón de francos.

Capítulo LXII

En la cena en casa de Montecristo se encuentran los Morrel, la señora y el señor Danglars, Debray, Château-Renaud, los Cavalcanti y la señora y el señor Villefort. Mientras Bertuccio prepara todo para la cena, descubre que el señor Villefort está vivo, que la señora Danglars es la madre biológica de Benedetto, y que Benedetto no es otro que Andrea Cavalcanti.

Capítulo LXIII

Después de la cena, Montecristo invita a los comensales a recorrer la casa. Con esa excusa, los lleva a la habitación en la que la señora Danglars tuvo dio a luz a Benedetto, un cuarto que está exactamente igual al día del parto, y luego al jardín, en donde Villefort enterró el cofre con el recién nacido dentro. Allí, el conde les cuenta que por accidente encontró los herrajes de un cofre y el cadáver de un infante, por lo que deduce que allí se cometió un infanticidio. Villlefort y la señora Danglars están perturbados y descolocados. Por tal motivo quedan en verse otro día a solas.

Capítulo LXIV

Cavalcanti y Danglars consideran la posibilidad de hacer negocios juntos. Por otra parte, cuando Andrea se retira, Caderousse, ahora fugitivo de la ley, intercepta a Andrea y lo extorsiona para que le dé una mensualidad, aprovechándose de los secretos que conoce del joven. Por un momento, Andrea está dispuesto a asesinar a Caderousse, pero finalmente cambia de opinión y cede ante la extorsión.

Capítulo LXV

Danglars arremete contra la su esposa por ser la causante de la pérdida de una gran suma de dinero. En la discusión, Danglars revela su conocimiento sobre las aventuras que ella tiene con Debray y las que tuvo con Villefort.

Capítulo LXVI

Danglars visita a Montecristo, preocupado por una serie de pérdidas de dinero. En la charla, Montecristo encuentra la forma de introducir en Danglars la idea de comprometer a su hija con Andrea Cavalcanti. Cuando Danglars se demuestra insatisfecho con Alberto de Morcerf, el conde le sugiere que investigue acerca de Alí-Tebelín.

Capítulo LXVII

Villefort le cuenta a la señora Danglars ciertos acontecimientos que le mantuvo ocultos todo ese tiempo, pero que ahora los ponen en peligro a los dos, ya que el conde parece conocerlos. Villefort le confiesa que después de enterrar a su bebé, quiso desenterrarlo, pero no lo halló. Lo más probable, piensa, es que el niño estuviera vivo y el corso que lo apuñaló se lo haya llevado. Esto implica que el conde sabe la historia del bebé, pero mintió deliberadamente acerca del cadáver. Por todo ello, el señor Villefort se decide a descubrir quién es verdaderamente el conde.

Capítulo LXVIII

Alberto visita al conde y hablan sobre su futuro casamiento. Alberto confiesa que le horroriza pensar en su matrimonio con Eugenia Danglars, y Montecristo lo tranquiliza insinuándole que el padre de la joven tampoco parece estar interesado en que él se case con su hija.

Capítulo LXIX

Villefort se disfraza de prefecto de policía para entrevistar a las dos personas que pueden tener información sobre el conde: el abate Busoni y Lord Wilmore. El magistrado no descubre que ambas personas son el conde de Montecristo disfrazado, y no consigue ninguna información comprometedora.

Capítulo LXX

Villefort se cruza con la señora Danglars y le recomienda que, para evitar sospechas, no se ausente al baile de los Morcerf. Por su parte, Villefort no acude a la fiesta y se queda en su despacho en un intento de resolver el misterio de Montecristo.

Análisis

A partir del capítulo XXXVIII, Edmundo se dedica a la lenta y meticulosa ejecución de su venganza. El conde de Montecristo se introduce en la sociedad parisina y en la propia casa de sus enemigos por medio de Alberto Morcerf. Como puede observarse en el almuerzo que el joven organiza para presentarlo en sociedad, un extranjero no puede acceder a las altas esferas de la aristocracia francesa sin un padrino que lo presente y responda por él. Esto pone en evidencia que nada de lo que sucede en toda la novela escapa a la planificación del conde: todo lo que sucedió en Roma fue meticulosamente ejecutado por él para conseguir la admiración de Alberto y así tener una coartada para ingresar a su círculo íntimo y conquistar con su encanto y su fortuna a toda la escena parisina.

El episodio del almuerzo pone en evidencia la frivolidad y el esnobismo de los jóvenes parisinos. Debray, Chateau-Renaud, Beauchamp e incluso Alberto son presentados como muchachos preocupados por las apariencias, por la ostentación de sus títulos nobiliarios y por los espacios que ocupan en la vida pública de París. En las conversaciones que sostienen, el narrador se encarga de destacar el profundo cinismo con el que contemplan la realidad, como si todos ellos pertenecieran a un orden superior y el mundo estuviera a sus pies.

Además, otro rasgo que marca profundamente a la nobleza francesa es el etnocentrismo de su mirada sobre el resto de los pueblos, más allá de Francia o, incluso, más allá de París, ciudad que consideran la capital de la civilización. Esto puede observarse en el tono burlón con que fustigan a Alberto cuando les cuenta cómo fue rescatado por el conde en las catacumbas de roma:

—¿No os llevó a dar una vuelta por las ruinas del Coliseo para chuparos la sangre, Morcef? —Preguntó Beauchamp—.

—Tras haber conseguido vuestra liberación, ¿no os hizo firmar algún pergamino del color del fuego, por el que le cedíais vuestra alma, igual que hizo Esaú con su derecho de progenitura? (p. 360).

La respuesta que Alberto da a sus amigos demuestra que lo vivido en Roma junto al conde ha hecho efecto en el muchacho y lo ha ayudado a comprender la estrechez de pensamiento de sus amigos:

—Burlaos, burlaos cuanto queráis, señores —dijo Morcef, ya un poco molesto—. Cuando os contemplo, tan parisinos, tan acostumbrados al bulevar de Gante, tan asiduos del Bosque de Boulogne, y me acuerdo de ese hombre, tengo la sensación de que no somos de la misma especie (p. 360).

A lo largo del almuerzo, la conversación gira en torno al conde recién llegado y pone en evidencia la importancia de los títulos nobiliarios para la determinación de la identidad y de la posición social. Chateau-Renaud y Debray se preguntan dónde queda Montecristo y especulan que el conde no debe ser un noble de nacimiento y de estirpe, sino un nuevo rico que compró sus títulos gracias a su fortuna. Como es sabido, en el siglo XIX la sociedad francesa atraviesa profundos cambios: después de la revolución, la nobleza histórica que, alineada junto al rey, ostentó siempre el poder político y el económico, se encuentra empobrecida y en decadencia, mientras que la burguesía gana paulatinamente cada vez más protagonismo y se convierte en la nueva clase dominante. Así, los nobles venidos a menos comienzan a casarse con comerciantes y banqueros que han sabido hacer fortuna en las últimas décadas; dichas alianzas favorecen a las dos partes: los nobles acceden al capital que les permite sostener su costoso nivel de vida, mientras que la burguesía compra los títulos nobiliarios y pasa a formar parte de la aristocracia patricia del país.

Tal como puede observar el lector, el protagonista no es el único que se entrega a un juego de máscaras para ocultar su verdadera identidad, sino que toda la aristocracia francesa actúa de forma análoga. Para permanecer en las altas esferas sociales, hombres y mujeres se entregan al juego de las apariencias, puesto que no importa lo que uno es, sino cómo uno se muestra ante sus semejantes. Al igual que Edmundo Dantès deviene conde de Montecristo, Fernando Mondego, el pescador catalán, se convierte en conde de Morcef y Mercedes, su esposa, en condesa. Villefort también participa del juego de las apariencias, pero de forma diferente: su disfraz es el de un magistrado intachable que se presenta como la encarnación de la Justicia, cuando la verdad es un hombre mezquino que se aprovecha de su cargo para violar la ley y satisfacer su ambición. Danglars, por su parte, aunque también ha adoptado un título nobiliario —el de barón— no participa del juego de las apariencias de la misma forma que sus allegados, sino todo lo contrario; movido por la avaricia, deja en claro que su único interés es económico y que se burla de la frivolidad de la aristocracia y del afán de pertenecer de la nueva nobleza, de la que él mismo forma parte.

Los enemigos del conde están tan acostumbrados al juego de las apariencias que son incapaces de reconocer sus verdaderas intenciones y lo observan como un arribista más, alguien que seguramente se ha hecho rico explotando minas de metales preciosos y desea, al igual que lo hicieron ellos años atrás, abrirse paso en la alta sociedad y llegar a pertenecer. Es por ello mismo que tampoco dudan de la procedencia del príncipe Andrea Cavalcanti, un personaje creado por el conde para introducir al hijo natural de Villefort, Benedetto, en la casa de los Danglars y luego utilizarlo como objeto de su venganza contra el procurador del rey. Así, el éxito del conde radica en su capacidad de aprovecharse de la frivolidad y la falsedad que está en la base de la vida social de sus enemigos: es en el propio juego de las apariencias de la nobleza que el conde los empuja hacia su perdición.

Otra dimensión que el narrador destaca en estos capítulos es la vida política tras el periodo de la Restauración Borbónica en el trono de Francia y la denominada Monarquía de Julio. Después del regreso de Bonaparte y su caída definitiva en 1815, Francia conoce un periodo turbulento en que el trono es ocupado por Carlos X, un rey conservador que intenta impulsar un gobierno autocrático.

En dichos años, la persecución de los bonapartistas recrudece y se producen grandes matanzas, especialmente en el sur, donde unas trescientas personas son asesinadas sin ningún tipo de proceso judicial. La historia que Bertuccio cuenta al conde remite a estas matanzas: su hermano fue asesinado por ser bonapartista y sus agresores nunca fueron juzgados. Cuando Bertuccio busca justicia, el nuevo procurador, Villefort, le sugiere que no lo intente, y que desaparezca antes de correr la misma suerte que su pobre hermano. Villefort aprovecha esos años para seguir escalando posiciones y termina instalándose en París para escapar de Bertuccio, quien le ha jurado venganza.

Así como Villefort se aprovecha de las turbulencias políticas para hacer carrera a costa de la vida de muchos inocentes, Danglars y Fernando también se valen del contexto político para escalar socialmente. En julio de 1830, el Rey Carlos X es depuesto y el trono queda en manos de Luis Felipe, quien reina hasta la revolución de 1848. Cuando el conde de Montecristo llega París hacia fines de 1830, encuentra que Danglars forma parte de la cámara de diputados como miembro opositor de la monarquía, en representación de los intereses del pueblo. Fernando también, pero como miembro de la casta militar realista.

Tras el gobierno conservador de Carlos X, el reinado de Luis Felipe se caracteriza por el ascenso de la burguesía como clase dominante, la rápida industrialización del país y el surgimiento del proletariado. En dicho contexto, Danglars se enriquece mediante la financiación de empresas industriales, como el tendido de las vías férreas, y se convierte en uno de los banqueros más ricos de Europa.

Fernando, por su parte, participa en las guerras carlistas de España y se genera su fortuna mediante la traición, algo que luego repite durante la Guerra de la Independencia de Grecia. Este último conflicto se desarrolla entre 1821 y 1830, y enfrenta a los revolucionarios griegos —ayudados por muchas potencias europeas— contra el Imperio otomano. Fernando desempeña un cargo como subordinado de Alí Tebelín, el gobernador de Janina, hasta que lo traiciona y lo entrega a los otomanos a cambio de una enorme compensación económica. Como la traición queda oculta, Fernando regresa a Francia como veterano de guerra, condecorado y rico, a ocupar un cargo en la Cámara de los Pares.

Mientras el conde se instala en la vida de sus enemigos para urdir la intrincada red de intrigas con la que los destruirá, también establece relación con los hijos del señor Morrel, Julia y Maximiliano, dos jóvenes honrados y humildes que no tratan de aparentar para encajar en la alta sociedad parisina. Edmundo siente un afecto particular por Maximiliano, a quien contempla con los ojos de un padre y trata de apadrinar en París. Si bien el conde está lleno de rabia y de deseos de venganza contra sus enemigos, su bondad innata busca formas de expresarse y cuando se encuentra junto a Maximiliano sus rasgos se suavizan y su mirada se carga de amor.

En verdad, existen muchas razones por las que Edmundo adora a Maximiliano: en primer lugar, porque es una forma de expresar el agradecimiento eterno que le debe al señor Morrel, el único que intentó una y otra vez descubrir su paradero, incluso a costa de su propia seguridad. Luego, para reparar el daño que piensa causarle a las familias de sus enemigos, Edmundo siente que debe realizar acciones positivas, contrapuestas, para equilibrar la balanza del destino. Finalmente, otro de los motivos por los que se siente atraído hacia los Morrel es por la honra y el honor que dictan todas sus acciones. Como ya hemos dicho, estos son valores fundamentales para la sensibilidad francesa del siglo XIX, y el conde se siente naturalmente inclinado a admirar a aquellos que anteponen la honra a su vida. Cuando el señor Morrel está por declararse en bancarrota, antes que pasar vergüenza por no poder pagar a sus acreedores, decide suicidarse, y Edmundo lo salva —de manera anónima— a último momento. Al igual que el padre, el hijo demuestra ser un joven honrado, de reputación intachable, que prefiere morir antes que ver mancillado su honor. Como la vida de Edmundo ha sido destruida por hombres sin honra ni honor, motivados por sus mezquinos deseos y capaces de engañar y traicionar, es comprensible que sienta una particular estima hacia aquellos que se muestran tal cual son, sin intereses ocultos ni disfraces. Un afecto similar siente también por Alberto, en quien detecta rasgos que le recuerdan a su amada Mercedes. En la sección siguiente abordaremos esta última relación en función del desenlace de la historia.