La guerra de los mundos

La guerra de los mundos Resumen y Análisis Libro primero, Capítulos 6-10

Resumen

Capítulo 6: El rayo calórico en el camino de Chobham

El narrador expone algunas teorías sobre el funcionamiento del rayo calórico: sugiere que el calor debe crearse en una cámara aislada y luego proyectarse a través de un objeto similar a un espejo, capaz de concentrar el calor y la llama, pero no tiene forma de comprobar su teoría. Lo que está claro es que el arma utiliza el calor para destruir sus objetivos, y que su potencia es devastadora.

La gente de los pueblos vecinos se ha estado acercando a ver el cilindro, y se muestra, en general, optimista y divertida. Mientras, algunos oficiales de policía tratan de mantener a los curiosos alejados del perímetro del cráter.

Después de que la delegación con la bandera blanca fuera destruida por el rayo calórico, los marcianos han apuntado el arma hacia el resto de la multitud, que fue salvada de la destrucción por una pequeña colina de arena, aunque en la estampida que siguió al accionar del arma marciana murieron aplastadas dos mujeres y un niño.

Capítulo 7: Cómo llegué a Casa

El narrador huye de los marcianos y su rayo calórico hasta desplomarse del cansancio. Cuando se recupera, se pregunta si todo lo que le parece haber vivido habrá sido real. En el camino hacia su casa se encuentra con otras personas, pero todas parecen estar llevando a cabo sus acciones cotidianas y no hacen ninguna mención a los marcianos. Cuando trata de preguntar por novedades a los pueblerinos, estos ríen sarcásticamente.

Al final, llega a su casa y le cuenta todo lo que ha vivido a su mujer, tras lo cual trata de asegurarle -y asegurarse a sí mismo -que aquellos extraterrestres son torpes y quizás no puedan moverse demasiado debido a que han evolucionado en un planeta con una gravedad mucho más liviana que la de la Tierra. Sin embargo, el narrador no repara que en la atmósfera enriquecida de la Tierra aquellos marcianos podrían verse beneficiados por una superabundancia de oxígeno y que, además, quizás son capaces de construir máquinas de locomoción. También piensa que el ejército podría destruir aquel cilindro a cañonazos, por lo que no hay nada de lo que preocuparse. El narrador concluye su reflexión comparando a los humanos con los dodos que no prestaron atención a la invasión europea que terminó por extinguirlos.

Capítulo 8: La noche del viernes

A pesar de las muertes causadas por el rayo calórico y de las noticias sobre los misteriosos cilindros que siguen cayendo sobre la Tierra, la vida continúa con normalidad en el interior de Inglaterra. El telegrama de Henderson llega a Londres, pero sus editores nunca lo publican porque no pueden comunicarse con él para recibir más noticias, puesto que Henderson ha muerto en el ataque a la delegación.

Si bien hay momento de emoción y ansiedad, en general todos continúan con sus rutinas. Un martilleo distante se escucha desde el pozo, pero el poder del rayo calórico disuade a cualquier curioso de acercarse demasiado al cilindro. Durante la jornada, una delegación del ejército llega a Woking y establece un cerco militar alrededor del cilindro. Esa noche cae otro cilindro en las cercanías.

Capítulo 9: Emprende la lucha

La mañana siguiente es intrascendente; el narrador sostiene una discusión con su vecino, quien muestra cierta curiosidad por los marcianos y manifiesta que es una pena que no puedan acercarse, puesto que seguro se podría aprender mucho del intercambio entre los dos planetas. A su vez, el vecino también le da la noticia de un incendio hacia el noreste, causado por otro de los cilindros caídos del cielo.

Más tarde, el narrador se acerca al cerco de soldados y habla con un grupo de zapadores, quienes le dicen que la situación está bajo control. Los soldados se muestran interesados en lo que el narrador tenga para decirles sobre los marcianos, por lo que les cuenta todo lo que ha visto y vivido. Luego trata de sacarles más información sobre el prospecto de una posible invasión, comparando sus emociones a los sueños infantiles de convertirse en un soldado famoso.

Esa tarde, mientras toma el té con su esposa, una explosión devastadora sacude toda la casa y llega a rajar la pared de la chimenea. Los árboles del colegio local están en llamas y la torre de la iglesia se derrumba por completo. El narrador y su mujer, junto a la sirvienta, deciden abandonar el pueblo inmediatamente y encaminarse hacia Leatherhead, donde viven sus primos.

Así, el protagonista se apresura a “El Perro Manchado” para pedirle prestado el carruaje al posadero, quien se muestra sorprendido ante la petición y la oferta cuantiosa de dinero por el alquiler. El narrador entonces carga sus pertenencias y sale justo en el momento en que un soldado se aproxima para decirles que deben abandonar el pueblo. El mismo soldado les dice que ha aparecido una cosa con forma de disco o escudo, y no saben qué es.

Durante la huida, el narrador trata muchas veces de mirar hacia atrás para comprobar qué es lo que sucede en la zona del primer impacto, pero no logra distinguir nada.

Capítulo 10: Durante la tormenta

El carruaje llega a Leatherhead sin incidentes. La mujer del protagonista parece ansiosa, y su marido trata de asegurarle que todo estará bien, indicándole que los marcianos no pueden moverse con velocidad en la pesada atmósfera de la Tierra.

Esa noche, el protagonista regresa con el carruaje a su pueblo, ya que le ha prometido al posaderos devolvérselo con premura. Durante el viaje, el pensamiento de enfrentarse a los marcianos lo entretiene. Mientras viaja por el campo, nota que los pueblos que atraviesa están totalmente desiertos y que en el horizonte hay un resplandor rojo como la sangre. Sobre la noche se cierne una tormenta, y encendiendo las nubes de un verde ominoso, el narrador contempla la caída de un tercer cilindro o estrella, como lo llama también.

De pronto, el caballo se aterra frente al estallido de un rayo y se sale de control; al narrador le parece que los truenos suenan como los chirridos de un enorme mecanismo. Cuando el carruaje desciende por una colina, el narrador nota que algo se mueve, a lo lejos, paralelo a su camino; al principio piensa que se trata de una casa, pero pronto distingue que se trata de una enorme máquina con la forma de un trípode, hecha de metal reluciente, avanzando a pasos colosales. De pronto, otra máquina similar emerge entre los árboles, que arranca y arroja por los aires con una especie de tentáculos metálicos que se desprenden de su cuerpo. El narrador frena el carro con tanta violencia que se descarrila y vuelca; la enorme máquina pasa justo frente a ellos, pero no se detiene.

Tras incorporarse y notar que el caballo está muerto, el protagonista sigue hacia su casa a pie. En la oscuridad se choca contra otro hombre, pero este da un alarido y escapa antes de que pueda hacerle ninguna pregunta. Luego, contra la cerca de su casa, tropieza con algo blando y cubierto de telas. Al inclinarse para ver de qué se trata, nota que es un cuerpo inerte. Cuando lo voltea para asegurarse de que se trata de un cadáver, descubre al posadero. Parece haber muerto desnucado como resultado de que alguien lo arrojara por los aires con violencia. Finalmente, el narrador llega a su casa y se sienta en las escaleras, donde permanece paralizado, como en un profundo estado de shock.

Análisis

A partir del capítulo 5, queda claro que los marcianos han llegado a la Tierra con el objetivo de conquistarla y establecerse en ella. A partir de este momento, los humanos comienzan un enfrentamiento desigual contra los invasores que se extenderá durante toda la novela. Frente a las armas de destrucción que traen los marcianos, los humanos poco pueden hacer; el rayo calórico es totalmente letal y no hay tecnología bélica humana que pueda hacerle frente en igualdad de condiciones.

Cuando el narrador llega a su casa después de haber visto el poder de fuego de los marcianos, trata de calmarse pensando que la atmósfera de la Tierra les impedirá moverse con soltura, y así se lo comenta con su esposa. Al final del capítulo 7, el narrador compara lo que está sucediendo con lo que les ha sucedido a los dodos de la isla Mauricio cuando llegaron los conquistadores: “Al terminar la cena me puse a fumar un cigarrillo, mientras lamentaba el arrojo de Ogilvy y hacía comentarios sobre la exterminación de los marcianos. Lo mismo habrá hecho algún majestuoso dodo de la isla de Mauricio cuando comentó en su nido la llegada de aquel barco lleno de marineros que necesitaban alimentos. «Mañana los mataremos a picotazos, querida»” (p.39). Este comentario que hace el narrador está cargado de ironía, puesto que tanto él como el lector saben que la llegada de ese barco de marineros que precedió a la conquista europea de la isla provocó la extinción de los dodos. Con esta analogía, el narrador pone de manifiesto lo asimétrica que es la batalla entre humanos y marcianos, y abre la reflexión sobre la conducta de los propios humanos en la Tierra.

En este sentido, Wells usa la invasión marciana como excusa para criticar el antropocentrismo; advertir del proceso de militarización de Alemania, que acabó conduciendo a la Primera Guerra Mundial, y cargar contra el imperialismo británico. No es difícil ver en el desdén con que los alienígenas pisotean los valores y la autoestima de los humanos, el mismo desprecio que los británicos, y los europeos en general, mostraban por las poblaciones nativas, como reveló la colonización de África o de Tasmania, donde en poco tiempo los pueblos aborígenes quedaron reducidos a un número casi insignificante.

Así, el colonialismo comienza a esbozarse en estos capítulos como el tema principal de La guerra de los mundos: los marcianos apoderándose de la Tierra debido a que su planeta está muriendo conforman una clara analogía a lo que pasaba con Europa, que muchos veían en el siglo XIX como un continente exhausto y agonizante que necesitaba expandirse hacia “el Nuevo Mundo”. Durante el resto de la novela, el protagonista llama la atención del lector sobre las similitudes que existen entre el colonialismo de los marcianos y el de los humanos, y también entre el exterminio que causan los marcianos y la manera en que la humanidad ha tratado la fauna salvaje. Este paralelo, en ciertos aspecto, relativiza la condena de los marcianos: antes de poder juzgarlos con dureza, debemos recordar la implacable destrucción que el ser humano ha causado no solo sobre animales como el visón y el dodo (en la época de Wells; hoy en día podríamos agregar una larga lista de especies extintas), sino también sobre las etnias humanas consideradas inferiores por los europeos. Los tasmanios que el narrador menciona al principio del libro, por ejemplo, fueron totalmente exterminados en una guerra desigual impulsada por los inmigrantes europeos, en un espacio de cincuenta años: “¿Es que somos acaso tan compasivos como para quejarnos si los extraterrestres batallaran con los mismos propósitos respecto a nosotros?” (p.13), pregunta el narrador al principio de la novela. Cabe señalar que el protagonista habla el idioma de los colonizadores, pero revela la ironía de ser tratado de la misma forma que el Imperio Británico ha tratado a aquellos que consideraba inferiores.

En estos capítulos también se pone de manifiesto, por primera vez, la construcción colonial de un “Otro” o de la alteridad, que consiste en atribuir, a veces de forma contradictoria o inconsistente, cualidades negativas a los no europeos como si fueran intrínsecas de ellos, aunque los europeos también puedan presentarlas. De esta manera, el Otro puede se caracterizado como haragán, promiscuo o agresivo, valores opuestos a la industriosidad, la castidad y el pacifismo europeos. En un mecanismo análogo, frente a la primera aparición de los marcianos se los describe como criaturas torpes, lentas y grotescas, valores opuestos a la elegancia y la gracilidad de los londinenses, la capital del imperio más grande del mundo.

Por otra parte, en estos capítulos el narrador comienza a experimentar el trauma psicológico, de forma muy similar a lo que les sucede a los soldados durante la guerra. Está abrumado por el horror de la destrucción que lo rodea. Sin embargo, su personalidad inquisidora se reafirma cuando puede tomarse el tiempo para considerar la naturaleza de todo lo que está experimentando.

Lo que quizás más llama la atención en estos capítulos es el tiempo que les lleva a los pueblerinos percatarse de la verdadera amenaza que se cierne sobre ellos. En el capítulo 8, el narrador observa que la mayoría de las personas en un radio de 5 millas del cilindro continúan con sus vidas como si nada hubiera pasado. Y es que, verdaderamente, muchos de ellos se burlan de los reportes y toman el asunto de los marcianos como si fuera una broma. Cuando asumen el peligro que los rodea, ya es demasiado tarde. Estas observaciones proponen una mirada interesante sobre la naturaleza humana: la gente está tan apegada a su rutina que prefiere ignorar los problemas y desestimarlos hasta que la amenaza ya está sobre ellos.

A nivel estilístico, los capítulos contienen abundantes descripciones cargadas de metáforas, símiles e imágenes sensoriales que sirven para dimensionar la amenaza de los marcianos. El narrador, por ejemplo, compara su llegada a un dardo envenenado que golpea repentinamente pero que no tiene un efecto automático, sino que sus consecuencias cobran gravedad paulatinamente. También se compara a sí mismo con un dodo: cuando le dice a su mujer que probablemente no haya nada por lo que temer, se siente como las indefensas aves que deben haber observado la llegada de los barcos europeos con tranquilidad, sin saber que estaban contemplando el origen de su extinción. Esta importante analogía seguirá presentándose; el narrador utilizará distintos animales para ilustrar lo que los humanos sienten ante el poderío marciano.

Finalmente, hay un nuevo momento de ironía situacional cuando el narrador descubre el cuerpo del posadero muerto: ha tomado prestado el coche de aquel hombre y ha dejado a su mujer asustada para devolverlo, solo para encontrar que su dueño ya no está para apreciar su gesto amable y bondadoso. El recurso constante de la ironía, tanto en los comentarios que hace el narrador como en los hechos reales y concretos de la invasión, pone de manifiesto la incapacidad de planificar o de sostener un curso de acción en aquel caos: ante la invasión marciana, todos los planes humanos se muestran inútiles y destinados al fracaso.