Las bacantes

Las bacantes Resumen y Análisis Cuarta parte (vv. 775-1024)

Resumen

Penteo llama a sus hombres a armarse. Todo el ejército de Tebas va a asaltar el monte Citerón para apresar a las ménades. Dioniso le vuelve a advertir que no tome las armas contra el dios, pero Penteo rechaza el consejo. Dioniso, incluso, se ofrece a traer a las mujeres de vuelta pacíficamente, pero Penteo lo rechaza. Cuando el rey se aleja, Dioniso lo llama y le pregunta si le gustaría, antes, ver las celebraciones y rituales que están sucediendo en el monte. Penteo dice que sí, entonces Dioniso le dice que, para hacerlo, debe disfrazarse de mujer. Penteo en principio se opone, pero luego termina cediendo: realmente quiere ver los ritos dionisíacos.

Penteo sale de escena y Dioniso asegura que el rey será humillado: caminará por Tebas vestido de mujer y luego será degollado por su propia madre. La divinidad de Dioniso quedará, entonces, fuera de toda duda.

El coro canta alabanzas al dios, gracias al cual las mujeres pueden correr libres en la naturaleza. Hablan de la destrucción que les espera a quienes desafían a Dioniso y de la sabiduría que proviene de la aceptación.

Dioniso viste a Penteo de mujer y ambos salen. Se ve que el joven rey está algo poseído por el dios, a quien ahora pide instrucción. Dioniso le dice al joven rey que su madre lo traerá de regreso al palacio. Penteo sale.

El coro canta sobre la muerte inminente de Penteo. Cantan a la justicia y al poder de los dioses para abatir el orgullo de los hombres. Alaban la humildad y la aceptación.

Análisis

Eurípides trabaja en su obra una relación entre roles de género y orden social. En los planteos enfurecidos de Penteo acerca de la revolución que sufre el pueblo de Tebas a raíz de la presencia de Dioniso, cobra reiterada importancia el tema de que esa rebelión tenga como protagonistas a las mujeres. El joven rey parece indignado, más que nada, por el hecho de que su población femenina se esté revelando al poder. Cabe mencionar que, en el contexto de la creación de esta obra, la Antigua Grecia, el lugar de las mujeres era el de la pasividad, el hogar y el orden. Ello explica, en parte, el escándalo que supone para el rey el hecho de que ahora estas gocen de libertades y éxtasis inmersas en la naturaleza. En este periodo, las mujeres no eran consideradas ciudadanas a la manera en que lo eran los varones, y la libertad de las que estas gozaban era muy limitada. Lo que Eurípides trabaja entonces en la obra es esta relación entre roles de género y orden social, según el cual el “correcto” funcionamiento de las normas sociales implica la sumisión de la mujer, una castración de sus libertades en virtud y provecho del poder masculino. Así, la rebelión de las mujeres amenaza la estabilidad misma de la civilización. Eurípides vincula la civilización (y sus construcciones culturales, jerarquías sociales y sentido del orden) a la opresión masculina; la rebelión de las mujeres se establece así en un alejamiento de las opresiones civilizatorias y masculinas, y en un acercamiento a las fuerzas de la naturaleza y a la comunión femenina.

Puede verse la relación entre género y orden social también en la escena en que Penteo se viste de mujer. El declive del poder del joven rey se define en el momento en que se somete al consejo y la instrucción de Dioniso y se trasviste. La pérdida del poder, entonces, se asocia a la pérdida de la identidad masculina. “¿Quieres que yo, un hombre, use un vestido de mujer?” (v. 822) llega a cuestionar Penteo, presintiendo que al vestir como mujer perderá sus privilegios de género. Efectivamente, cuando sale del palacio vestido de mujer, en su actitud ya se evidencia un leve estado de posesión, de entrega y sumisión al poder divino de Dioniso, a quien pide instrucción. Es este el momento en que, según varios críticos, advertimos la castración simbólica y definitiva de Penteo. Este no solo pierde su identidad, de varón y de rey, sino que además actúa en contra de sus propias exigencias, de su voluntad de mantener el orden de la mano de los roles de género. Se vuelve, al igual que el dios, un ser andrógino.

En el joven rey, la disconformidad con el tener que hacerse pasar por mujer no es más fuerte que su curiosidad por aquello que supuestamente le aborrece. Penteo deja en evidencia la atracción que le produce aquello que él criticaba por irracional, salvaje. La pasión, así, vence a su razón. La propuesta de Dioniso de observar de cerca el éxtasis de las mujeres en el monte Citerón se vuelve demasiado seductora para el joven rey: necesita conocer, habitar esa otredad antes de aniquilarla. Así da su primer paso hacia el destino trágico.

Una vez que logra que Penteo se vista de mujer, Dioniso toma total poder sobre él. El dios conduce al joven rey al monte Citerón como un pastor lleva a un cordero hacia su sacrificio; porque, como si fuera un animal, Penteo se convertirá en víctima de un ritual típicamente dionisíaco. Su lugar será similar al de un animal poseído por el dios y luego sacrificado. Irónicamente, el joven será aniquilado en uno de los rituales que ha luchado por suprimir, será la presa de una fiesta sagrada en honor al dios cuya religión intenta erradicar.

Estas escenas ponen en primer plano un rasgo del personaje de Penteo: su juventud. El rey se deja atrapar por su antagonista a causa de la adolescente curiosidad que le despierta el mundo salvaje en que viven las mujeres del monte Citerón. La crítica señala que la revelación de esta inmadurez de Penteo funciona en la obra para volver condenable la futura actitud de Dioniso. El dios estaría manipulando no a un hombre, sino a un niño, usando los deseos de un joven inmaduro en su contra. La venganza de Dioniso toma como presa a un joven inexperto, lo cual vuelve a la personalidad del dios aún menos compasiva (y quizás menos justa) ante los ojos del espectador.

Debido a que está disfrazado de mortal, Dioniso a menudo se refiere a sí mismo en tercera persona. Estas expresiones tienen un efecto adicional: sugieren la diferencia entre el dios personal, la forma antropomorfa, por un lado, y la abstracción, el misterio que representa esta misma forma, por el otro. Dioniso es tanto un ser personificado como una fuerza de la naturaleza: es la encarnación de la fuerza, el dios de la naturaleza. Como esta, parece estar más allá de la moral, que es humana. Las acciones exentas de compasión que Dioniso tendrá para con sus víctimas revelan cómo lo divino carecería de ciertos valores humanos más ligados a la emoción y a la piedad. Dioniso no tiene resquemores a la hora de vengarse, sino que actúa con la fuerza indiferente de la naturaleza. Así, cuando los personajes humanos de la obra le pidan compasión, no la recibirán.