Fausto

Fausto Resumen y Análisis El bodegón de Auerbach en Leipzig, Cocina de Bruja, Una calle

Resumen

El bodegón de Auerbach en Leipzig

Un grupo de hombres beben hasta la borrachera en un bodegón. Uno de ellos, Frosch, se queja de que nadie bebe ni se ríe, y otro, Brander, se queja de que nadie hace payasadas. Frosch entonces le vierte una copa de vino en la cabeza y Brander se amarga aún más y comienza una pelea. Frosch canta una canción sobre el Imperio Romano Germánico y luego otra sobre el amor perdido. Esta le molesta a Siebel, que recientemente perdió a una amante. Brander interrumpe para cantar una canción sobre una rata que vivía en una cocina y una cocinera la envenenó, y la rata, tras días de cargar el veneno en el vientre, murió.

Mefistófeles procura mostrarle a Fausto cuán tranquila puede ser su vida. Estos hombres del bodegón, dice, nunca piensan en el futuro, sino que meramente transitan cotidianamente los días.

A pedido de los hombres, Mefistófeles empieza a cantar. Entona una canción sobre una pulga que desplaza al rey y se convierte en jefe de Estado. Luego, para deleite de los hombres, hace un hechizo que hace surgir vino de adentro de la mesa. Todos llenan sus copas, pero Siebel accidentalmente deja caer unas gotas al piso y explota en llamas. Los hombres empiezan a sospechar de Mefistófeles y lo amenazan con cuchillos, pero este realiza otro hechizo por el cual los hombres creen estar en viñedos y se quedan boquiabiertos frente a grandes uvas que suponen frente a sí. Mefistófeles suspende el hechizo justo antes de que los hombres se lastimen entre sí.

Cocina de Bruja

Fausto y Mefistófeles entran en casa de una bruja, donde dos simios vigilan un caldero en ebullición. Fausto siente repulsión por todo lo que ve y no entiende qué hace allí buscando ayuda de una bruja; por qué el mismo Mefistófeles no puede preparar una poción mágica que cure sus males. Luego, Fausto se mira en un espejo mágico y se ve joven, y después ve aparecer en el reflejo la figura de una hermosa mujer, cuya compañía comienza a anhelar.

Del caldero, entre llamas y hervores, aparece la bruja. Ella habla con enfado hasta que se da cuenta de quién es Mefistófeles y le pide disculpas. Mefistófeles admite que no se ven hace mucho y que su aspecto ha cambiado, puesto que la imagen del diablo también se modificó junto a la evolución de la cultura. Se ha despojado de sus cuernos y colas y dedos torcidos para ahora tener una apariencia más refinada, aunque ha mantenido su pie de pezuña. La bruja festeja su presencia.

Mefistófeles le dice a la bruja que les dé a él y a Fausto un vaso de su jugo. La bruja advierte que, si Fausto no está preparado para beberlo, morirá. Mefistófeles cree que estará bien e insiste, y le sirve a Fausto esa poción con ayuda de la cual, dice, él verá a Helena en cada muchacha.

Una calle

Fausto ve en la calle a una mujer joven, Margarita, y se enamora de ella. Le pide a Mefistófeles que le conceda a la muchacha, pero este advierte que se trata de una joven que va a la iglesia a confesarse todos los días, aunque tenga la conciencia limpia, y, por lo tanto, él no tiene poder sobre ella. Fausto amenaza a Mefistófeles con romper el pacto si él no le consigue a la muchachita. Mefistófeles promete llevar a Fausto a la habitación de la niña, aunque ella no esté, para que se vaya entreteniendo. Fausto le pide a Mefistófeles un regalo para darle a Margarita.

Análisis

La escena en el bodegón es un guiño a la larga tradición de mitos sobre Fausto que preceden al drama de Goethe. El bodegón de Auerbach es un establecimiento de bebidas real y conocido en la ciudad de Leipzig. Abrió sus puertas en 1438, y el propio Goethe asistía allí cuando estudiaba en la Universidad de Leipzig. En el folclore popular, la escena en el bodegón tiene la intención de mostrar la transición de Fausto tras ser tentado por el Diablo: el protagonista pasaría de ser un erudito, un alquimista, a un alcohólico libertino. En la leyenda original, Fausto realiza trucos de magia y sale volando de la taberna en un barril de vino, tal como una bruja volaría en su escoba. En la versión de Goethe de esta escena, Fausto prácticamente no habla. En cambio, la escena funciona más bien como un alivio cómico en la obra.

Los cuatro caracteres de la barra representan estereotipos de la multitud académica que se habría congregado en Auerbach. "Frosch" es un apodo alemán para los estudiantes de primer año. “Brander” es un término usado para estudiantes de segundo año. “Altmayer” representa a un ex-alumno de la universidad, y “Siebel”, ex-estudiante también, es el cantinero, lo que sugiere que, tal vez, la educación universitaria no los lleve tan lejos como esperaban.

Los hombres, junto con Mefistófeles, cantan dos historias que involucran animales: una sobre una rata que es envenenada y otra sobre una pulga en la corte de un rey. Estas canciones son propias del folclore popular en las tabernas en la época, pero en la obra de Goethe, además, funcionan como alusiones a situaciones de la obra. La canción de la rata es, en cierto modo, una parábola sobre los peligros del amor, y los hombres la entonan a causa de la angustia de Siebel por su amante perdida. Pero a nivel literario, esta canción funciona como indicio del futuro amor de Fausto, Margarita, a quien la obra presenta unas escenas más adelante. El lector también recuerda, con esta canción, el veneno que Fausto casi bebe al comienzo de la obra. El protagonista pronto beberá otro tipo de veneno, un veneno de amor, de culpa, que lo hará sentir miserable.

La canción de la pulga es una sátira política sobre el antiguo régimen, el modo de gobierno y la aristocracia que gobernó gran parte de Europa entre la Edad Media y la Revolución Francesa. Era común que los animales representaran ciertos personajes de la realeza en canciones y obras de teatro populares. En esta canción en particular, una pulga representa a un miembro de la aristocracia que logra una buena relación con el rey. El tono es satírico: al igual que una pulga, señalaría la canción, los aristócratas se alimentan de cosas más grandes y poderosas; no tienen poder real ni medios de existencia propios, sino solo el contacto con aquel poder que los sostiene.

La escena termina con Mefistófeles realizando grandes trucos de magia y hechicería. Saca vino de una mesa en la que ha perforado varios agujeros, y el vino, cuando se derrama en el suelo, estalla en llamas. En esto se concentran, en cierta medida, las características de la magia en Mefistófeles: es entretenida, pero también peligrosa. Mefistófeles interpreta al personaje cómico en la obra, tiene el papel de bufón, pero también es el Diablo, y su crueldad y malicia nunca se ausentan de sus acciones.

La escena en el sótano de la bruja es la última de las escenas de transición de la obra. La primera parte de la obra mostraba a Fausto como un erudito solitario, miserable y deprimido por su incapacidad de unirse al espíritu de la naturaleza, del mundo. Pero estas escenas proporcionan ya la transición del protagonista, ahora bajo efectos del pacto con el Diablo, y Fausto se transformará en un joven amante y se entregará a las libertades sexuales y morales de su nueva personalidad. La escena en la calle, que ocurre poco después de que Fausto haya tomado la poción mágica de la bruja, muestra que el protagonista ha acabado por abandonar su identidad de erudito solitario y deprimido para transformarse en un libertino moderno, libre de inhibiciones o moralidad. Esto se vuelve evidente en su actitud hacia Margarita. Y la escena de este encuentro entre Fausto y la protagonista femenina de la obra resulta interesante en relación con la reacción de Mefistófeles. El Diablo ve un peligro en la influencia de la muchacha en Fausto: es muy religiosa, pura, y con su belleza podría enamorar a Fausto y llevarlo por el camino de una vida de matrimonio, domesticidad, religiosidad, pureza. Es por el peligro que representa esta muchacha para Mefistófeles que él se esfuerza por sostener la relación entre los amantes en el marco de lo carnal, del pecado (se consideraba pecaminoso en la época que una muchacha mantuviera relaciones con un hombre sin casarse con él). Solo así él podrá conservar el control sobre Fausto, manteniéndolo en la lujuria.

Fausto y Mefistófeles son personajes opuestos pero complementarios. Mefistófeles es quien conduce la acción, y junto a Fausto componen una de esas parejas icónicas de la literatura universal (como lo son Quijote y Sancho Panza, por ejemplo, en la novela de Cervantes). La oposición entre ambos personajes es bastante clara: Fausto es el idealista, el soñador, el de los pensamientos profundos y, al mismo tiempo, apenas se entera de lo que pasa a su alrededor. Mefistófeles, en cambio, simboliza el principio de realidad, y aparentemente solo puede comprender lo relativo al mundo terrenal, lo tangible, los placeres materiales, lo que se puede consumir, comer y tocar. Los diálogos entre ambos personajes, entonces, son diálogos de sordos. Fausto casi no soporta a Mefistófeles, le agota su forma cínica de hacer y decir. A pesar de ser un intelectual, el protagonista de esta obra es un hombre, un ser humano, y aún es capaz de sentir cierta ilusión, cierta esperanza. Mefistófeles, en cambio, es la representación del Espíritu de negación, es un nihilista, un cínico absoluto que anula o relativiza con su látigo cualquier atizbo de bondad humana.

Mefistófeles intenta todo el tiempo que Fausto abandone la búsqueda de algo más profundo. En este aspecto, lo narrado en el Libro de Job de la Biblia aquí se ha invertido. En la Biblia se trata de aniquilar las fuerzas de Job, hacerlo lo más miserable posible, para ver si así reniega de lo divino. En la obra de Goethe sucede lo contrario: Mefistófeles se pasa todo el tiempo tratando de hacer feliz a Fausto, porque lo quiere apartar de esa búsqueda más trascendente que tiene el protagonista desde el inicio (Fausto quiere conocer las verdades ocultas y no se conforma con cosas materiales). Y Mefistófeles intenta hacer feliz a Fausto con cosas tangibles: sexo, riqueza, poder, bienes materiales… Durante la obra, es como si Fausto estuviera siempre mirando hacia arriba y Mefisto siempre hacia abajo, y esto hace que, en realidad, sus planos nunca coincidan, ellos nunca se encuentren.

La apuesta, en este sentido, es un poco engañosa, porque si no pueden coincidir en planos, Mefistófeles nunca va a poder satisfacer a Fausto ni entender quién es. Como señala la crítica, esta no coincidencia se da porque ambos personajes pertenecen a mundos distintos, épocas distintas: Fausto es un hombre moderno, avanzado, mientras Mefistófeles se identifica con el mundo medieval, aquel en el que se sitúa la obra.