Resumen
Los dos niños y el abuelo pasan unos días angustiosos e interminables. Efraín y Enrique están en su cama, postrados: uno, agonizando por el pie; el otro, tosiendo. Durante el día, don Santos juega, aburrido, con su pata de palo, y al mediodía se prepara un almuerzo en secreto. A veces les arroja a sus nietos una lechuga o zanahoria cruda para tentar su apetito, y así “hacer más refinado su castigo” (14).
Por las noches, al asomarse la luna llena, Enrique abraza con fuerzas a Pedro mientras escucha al cerdo gruñir y a su abuelo quejarse. Durante estas noches, don Santos se pasea de un lado al otro corralón, se choca con lo que encuentra y maldice entre dientes. Por momentos, se acerca al cuarto de sus nietos a mirarlos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre del cerdo.
El último día de luna llena nadie puede dormir. Por la madrugada, don Santos entra en el cuarto de los niños y empieza a pegarle con una vara a Efraín. Enrique, que está casi inconsciente del debilitamiento, reacciona y le ruega a su abuelo que no le haga daño a su hermano. A cambio, él irá solo al muladar. El abuelo se detiene y le ordena llevar cuatro cubos. Pedro quiere seguirlo, pero Enrique le pide que se quede cuidando a Efraín y sale solo, trastabillando. De camino trata de comer yerbas. La debilidad lo hace sentir ligero como un pájaro. En el muladar, piensa que es un gallinazo más. Se siente feliz de regreso en su mundo de la hora celeste.
Enrique vuelve al corralón con los cubos llenos. Siente un aire opresor, enrarecido. Una calma extraña presagia algo terrible. Le muestra los cubos llenos a su abuelo, pero este permanece inmóvil frente al chiquero. Efraín, desde el cuarto, le dice que Pedro se asustó y mordió a don Santos, y que luego escuchó un golpe y un gemido. Enrique se acerca al abuelo y le pregunta dónde está Pedro. En el chiquero ve los restos de las patas y el rabo del perro.
Desesperado, Enrique le pregunta a su abuelo por qué lo ha hecho. Don Santos lo empuja al piso y se queda contemplando el festín de Pascual. Enrique ve la vara del abuelo, ensangrentada en un extremo, y la toma. Cuando don Santos se voltea, le da un golpe en el pómulo con la vara. Atemorizado, deja de pegarle, pero el abuelo da un paso para atrás, resbala y cae en el chiquero. Enrique se asoma y ve que se le ha quebrado la pata de palo y que no puede salir del lodo. Don Santos llama a su nieto en un tono de ternura que Enrique no ha escuchado nunca.
Enrique va a buscar a su hermano y le dice que tienen que escapar. Efraín pregunta a dónde irán, y Enrique le responde que dirigirán a donde sea que puedan comer. Propone ir al muladar, donde están los gallinazos. Estrecha a su hermano en su pecho y, juntos, como si fueran una sola persona, cruzan lentamente el corralón. La hora celeste ya ha terminado. Desde el chiquero les llega el rumor de una batalla.
Análisis
El desenlace de la historia se desarrolla en un clímax de tensión ascendente, en el que el paso de los días hace cada vez más intolerable la agonía de los personajes. Efraín y Enrique sufren sus enfermedades y el hambre que don Santos les impuso como castigo. Frustrado y enojado, don Santos se da cuenta de que es incapaz de alimentar a Pascual por su cuenta, lo que lo lleva a desatar su ira contra sus nietos, enfermos e indefensos.
En el relato se describen las noches de luna llena como un momento especial, al igual que el de la hora celeste. Aquellas noches, su abuelo, como si fuera una especie de hombre lobo, se torna particularmente irascible y descarga su furia con insultos, paseos nocturnos en que se lleva todo puesto y miradas rencorosas que aterrorizan a sus nietos. El cerdo también lanza por las noches unos rugidos intolerables, lo que aumenta la tensión en este entorno hostil.
Cuando termina la última noche de luna llena, don Santos exige a sus nietos que se levanten y empieza a pegarle a Efraín con una vara. Enrique está tan debilitado que le cuesta reaccionar, pero finalmente lo despierta su instinto de protección hacia su hermano y le dice a su abuelo que él irá nuevamente a trabajar. De camino al muladar, en la fragilidad de su convalecencia, Enrique lo ve todo “a través de una niebla mágica” y se siente “ligero, etéreo”, como si fuera un pájaro (16). Ya en el muladar, piensa que es uno más de los gallinazos. Aquí vemos cómo la animalización del personaje se vincula con este ambiente fantasmagórico de la Lima urbana marginal, ese “mundo de perros y fantasmas” (16) del que Enrique forma parte junto con las beatas, los noctámbulos y los canillitas. Ese lugar de pertenencia marginal es para Enrique más “feliz” que el espacio opresivo del corralón. Apenas vuelve a su casa, siente que aquel mundo de la hora celeste ha terminado, dándole paso a uno “fabricado de barro, de rugidos, de absurdas penitencias” (16). Irónicamente, Enrique se siente más libre en los lugares donde es explotado que junto a su familia, en el lugar donde viven.
La muerte de Pedro le da un giro trágico al final de la historia. En un acto de venganza y de crueldad extrema, Don Santos le da de comer a Pascual el perro de sus nietos. Este evento desencadena la furia de Enrique, quien, por primera vez, decide enfrentar a su abuelo y golpearlo con la vara con la que este ha herido a su hermano, y que está manchada, además, con la sangre de su perro. Este acto libera la tensión acumulada en la historia, permitiendo que Enrique se vengue de su abuelo, no solo por la muerte de su mascota, sino también por la explotación, el maltrato y la falta de afecto. El hecho de que el abuelo lo llame, desde el chiquero, con un dejo de cariño que Enrique nunca ha escuchado, revela el poco amor que este hombre les ha dado a sus nietos.
La fuga de Enrique y Efraín del corralón representa un momento de rebeldía mediante el cual los niños buscan liberarse de la opresión de don Santos. Los hermanos escapan envueltos en un abrazo que representa su intento de superar juntos las adversidades. Pero la hora celeste se ha terminado, y la ciudad “[abre] frente a ellos su gigantesca mandíbula” (18). Ya no se encuentran en el espacio que conocen, sino en un entorno urbano extraño que seguramente los mantendrá en los márgenes.
En este sentido, “Los gallinazos sin plumas” termina con un final parcialmente esperanzador, en tanto los niños escapan de la opresión del viejo, pero que conserva el tono desolador que atraviesa todo el relato, porque no se les ocurre otra cosa que escapar hacia el lugar que conocen, el muladar, donde vivirán una vida de miserias junto a los gallinazos. El único consuelo que ofrece la trama es la imagen de don Santos en el chiquero y el “rumor de una batalla” (18), por la que se insinúa que el abuelo de los niños acabará siendo devorado por su insaciable cerdo Pascual. Este final, aunque no es explícito, cierra el ciclo de explotación de una manera irónica y sombría: el opresor se convierte en víctima de su propia crueldad, y de la bestia a la que tanto se esforzó por alimentar.