El esclavo

El esclavo Resumen y Análisis Sara, Capítulos VII-IX

Resumen

Capítulo VII

Los cosacos vuelven a atacar Polonia, obligando a los judíos a mudarse o a convertirse al cristianismo. Un gran asentamiento de judíos resiste en Pilitz, donde el conde, Adam Pilitzki, les da permiso para quedarse. Aunque prometía echarlos una vez que no hubiera más enemigos, “los judíos habían contribuido mucho a mantenerle a flote” (p.129). Regulan las actividades diarias, una tarea que el conjunto de administradores borrachos que Pilitzki tiene a cargo no puede llevar a cabo.

Entre los judíos que fueron llegando a Pilitz se encuentra Jacob, y también Wanda, que asume un nuevo nombre, Sara. La ahora esposa de Jacob finge ante todo el pueblo ser sorda y muda. Esto se debe a que todavía no domina bien el yiddish y considera que es un riesgo hablar como gentil frente a una comunidad de judíos.

Rápidamente, Jacob ocupa el rol de maestro infantil, dado que es el judío con mayor instrucción en religión de Pilitz. Se gana el afecto de la gente del pueblo, que “se compadecía [de él] por tener una esposa muda” (p.130). A ella los pueblerinos la toman por una buena judía, porque respeta sus costumbres, aunque les asombra que trabaje a la par de Jacob en la construcción de su casa. Cuando deja de asistir al baño ritual, las mujeres del pueblo descubren que Sara está embarazada.

Una vez terminada la casa, Jacob edifica una alcoba sin ventanas, en la que estudia con Sara, en secreto, por las noches. Sara sostiene su actitud y cuestiona las lecciones de la Torá: “la pregunta que con mayor frecuencia se repetía era por qué sufrían los buenos y prosperaban los malos” (p.134). También falta con algunas de las restricciones que impone la religión, como la ausencia de contacto entre los amantes durante el período menstrual de la mujer.

A Jacob le duele la actitud impertinente de Sara y tiene terror del parto, ya que sabe que será imposible que su mujer contenga los gritos. Sara, mientras tanto, debe disimular que no escucha las injurias que las mujeres del pueblo dicen de ella, despreciándola por ser desgraciada.

Un día, Adam Pilitzki llega al pueblo con la intención de matar a Gershon, uno de los hombres más poderosos de Pilitz, que administra los campos del señorío y oficia de rabino. Jacob acude a la plaza, donde los dos hombres discuten rodeados de una multitud que se divide entre quienes arengan y quienes le imploran piedad al conde polaco. Jacob explica que no hay razón para matar a Gershon, pero Pilitzki aprovecha su intervención para amenazar a todos los judíos con echarlos del pueblo.

En medio del litigio, Sara llega a la plaza y ve a Jacob frente a Pilitzki. Se acerca al conde, se arroja a sus pies y le dice: “Misericordia, buen señor. Él es todo cuanto tengo. Llevo un hijo suyo en las entrañas. Mátame a mí en su lugar. Mi cabeza por la de él. Déjalo en libertad Pan, déjalo” (p.146). Todos los presentes están confundidos ante este episodio y eligen creer que Sara pudo hablar gracias a un milagro.

Pilitzki, contrariado, al cabo de unos instantes concluye que Jacob efectivamente debe ser un santo por haber logrado el fin del mutismo de su esposa. Como la actitud beligerante de Gershon persiste, Pilitzki decide despedirlo de su rol como administrador y le ofrece a Jacob tomar su lugar.

Capítulo IX

La actitud de las mujeres de Pilitz cambia radicalmente con respecto a Sara: ahora van hasta su casa “para pedirle que les impusiera las manos y las bendijese” (p.153). Toda la comunidad insiste en que Jacob acepte el ofrecimiento del conde de ejercer como administrador.

Jacob se encuentra nuevamente trabajando en el campo, a sabiendas de que tarde o temprano se descubrirá la verdad sobre Sara y los castigarán. Pilitzki lo asedia con preguntas sobre judaísmo en la biblioteca del castillo, donde una tarde va a visitarlos Teresa, la esposa del conde. Cuando ella y Jacob se quedan solos, la mujer adopta una actitud de seducción. Ella le dice que algunos judíos desconfían del mutismo de Sara, y que Pilitzki, al enterarse, pensó en disparar cerca de ella para ver su reacción.

Estas noticias preocupan mucho a Jacob, pero la condesa le ofrece protección. Junto a ella recorren las habitaciones del castillo, hasta que la esposa de Pilitzki le pide que la bese y Jacob se rehúsa. Luego, él sale a andar por los campos y, entre cavilaciones acerca de su futuro, se pierde. Cuando da con su hogar, encuentra a tres personas esperando a que Sara las bendiga.

Los tres visitantes pasan la noche en la casa de Jacob y Sara, y luego de la cena salen a dar un paseo. Cada uno cuenta cómo sobrevivió a las matanzas de Jmelnitski, escapándose de sus pueblos natales y sirviendo como esclavos para gentiles polacos y cosacos. Esa misma noche, Pilitzki y Teresa discuten sobre cómo lidiar con Jacob y los judíos del pueblo.

Análisis

El inicio de esta segunda parte de la novela marca uno de los pocos momentos en los que el narrador omnisciente abandona el punto de vista de Jacob y asume una posición no focalizada sobre la historia de Pilitz y sus habitantes. Este cambio tiene el efecto de un nuevo comienzo, que refleja lo que sucede en la vida de la pareja principal. Los personajes aparecen presentados como desconocidos que llegan al pueblo:

Un día llegaron a Pilitz un hombre y una mujer con sacos al hombro y sendos hatillos en la mano. Los judíos salieron de sus tiendas y talleres para recibirlos. El hombre era alto, de hombros anchos, ojos azules y barba castaña. La mujer, que llevaba pañuelo a la cabeza y era bastante más joven que él, casi parecía gentil. Él se llamaba Jacob. Cuando le preguntaron de dónde procedía, nombró una ciudad lejana. Las mujeres pronto averiguaron que la esposa era muda, y se asombraron de que un hombre tan apuesto hubiese hecho semejante casamiento (...). Jacob dijo que su mujer se llamaba Sara, y de inmediato la apodaron Sara la Muda (p.129).

Como lectores de los capítulos previos, podemos estipular que Sara es, en realidad, Wanda, pero la manera en la que se introduce la pareja supone el punto de vista de un observador externo que no conoce la verdadera identidad de los personajes.

El comienzo de una nueva vida demanda condiciones específicas de renovación que solo valen para Wanda. Ella es, en definitiva, la que está intentando insertarse en una sociedad civilizada y judía, similar a aquella a la que pertenecía Jacob antes de ser esclavo. Wanda debe resignar el habla y, en apariencia, también la audición en la esfera pública, así como su nombre. “Sara, que era como se llamaba a todas las mujeres que se convertían al judaísmo” (p.133), carga entonces con la transformación social y religiosa que se impone sobre su identidad previa de gentil.

Sin embargo, para Sara no es fácil acallar lo que le queda de Wanda en su interior. Como parte del asedio de las mujeres de Pilitz, Sara debe sufrir que a menudo cuestionen sus costumbres y su modo de vida, pero también su mutismo. En una ocasión, “Las mujeres le pidieron que les enseñara la lengua. Al principio Sara pareció no entender, pero luego se echó a reír, y se le marcaron unos hoyuelos en las mejillas. Sacó una lengua sonrosada, puntiaguda como la de un perro” (p.133). Su risa socarrona simboliza la distancia que siente con respecto a esas mujeres prejuiciosas que la condenan. Se ríe orgullosa como un símbolo de rebeldía ante esas oyentes que se preguntan por el origen de su mutismo. El símil hacia el final de la cita, que equipara a Sara con un perro, es recurrente en esta parte de la novela: “Era muda e inconsciente. Como un animal” (p.131), se dice un poco antes. Esta comparación refuerza su inocencia, dado que tanto Jacob como ella misma reflexionan a menudo sobre el sufrimiento injusto de los animales.

La resistencia de Sara tiene su punto cúlmine cuando presencia la escena de conflicto en la plaza principal entre Jacob, Gershon y Pilitzki. Es claro que el bienestar y la compañía de Jacob constituyen los principales anhelos de este personaje y el motor de todas sus acciones. Cuando alguno de los dos está en riesgo, Sara/Wanda se entrega instintivamente a terrenos prohibidos. Al final de la primera parte, recurre a la brujería para que Jacob vuelva a buscarla, y en este caso no puede contener sus gritos pidiendo clemencia. El desborde de la pasión, presente en los dos miembros de la pareja, dispara en Sara una respuesta inmediata, producto de un impulso. Jacob, por el contrario, siempre antepone reflexiones, incluso si luego termina abandonándose a una acción inmoral.

Sara despierta admiración entre los habitantes de Pilitz después del “milagro” de haber recobrado el habla. Aunque para Jacob esto constituye un motivo de pesar (“Sus mentiras eran las responsables de aquel engaño abominable”, p.169), Sara ya demostró que el calificativo de “santa” no le es totalmente inapropiado, al menos en el sentido de su conexión con la espiritualidad. Es claro que se lo adjudican por un acto que no lo justifica, pero, como comentábamos en las secciones anteriores, Sara tiene visiones y realiza brujerías que se evidencian efectivas poco después. De esta manera, resulta irónico que un personaje que, de hecho, tiene capacidades sobrenaturales, pero es desoído cuando las demuestra, sea llamada “santa” cuando en realidad no provocó ningún milagro.

El personaje de Gershon funciona en gran medida como una contracara de Dziobak, el cura del pueblo de la familia Bzik. Ambos son hombres de fe con un comportamiento exageradamente irregular: “Los hombres como Gershon engañaban al prójimo, pero comían matvá preparado de acuerdo con los preceptos más rigurosos” (p.208). Para Jacob, el hecho de que sea un rabino y no respete los mandamientos de la Torá es incomprensible. Esa contradicción está presente en las primeras imágenes que el narrador compone sobre Gershon, un hombre tosco y desaliñado. Una vez más, Jacob se enfrenta a la pregunta de cómo Dios puede permitir que existan personas así. Su opinión sobre Dziobak no se expresa con tanta frecuencia ni vehemencia. Esto se puede deber a que Dziobak es un cura cristiano, y, por lo tanto, Jacob no conoce el comportamiento específico que debería tener un hombre de fe de ese clero. Pero, así como Gershon, es desprolijo (“Dziobak llevaba la sotana cubierta de manchas”, p.37) e irresponsable ("Muchos domingos llegaba la hora de la misa y Dziobak seguía durmiendo. Pero tenía a un buen abogado en Zagayek, que hacía caso omiso de todas las denuncias”, p.37).

Por último, la conversación entre Jacob y las tres personas que viajan para recibir la bendición de Sara vuelve sobre el tema central de la esclavitud. Al incorporarse nuevas historias de cautiverio, el fenómeno del cautiverio de los judíos durante la matanza de Jmelnitski adquiere un carácter colectivo. Es decir, mediante sus relatos podemos acceder a historias de vida de otros judíos que sufrieron procesos distintos a los de Jacob pero que, en esencia, comparten la experiencia del exilio y el trabajo forzado.