El árbol de la ciencia

El árbol de la ciencia Resumen y Análisis Segunda parte: Las carnarias

Resumen

Capítulo 1: Las Minglanillas

Julio Aracil y Andrés Hurtado se tornan más cercanos. Montaner, en cambio, no aprueba los exámenes, empieza a ausentarse de las clases y pasa la mayor parte del tiempo con una novia. Aracil comienza a ganar dinero invirtiendo su pequeño sueldo del hospital en la Bolsa e intenta que Hurtado siga sus pasos. Por eso, le quiere presentar a las Minglanillas, dos jóvenes llamadas Niní y Lulú, que viven con su madre, una viuda pensionista llamada Leonarda. Le confiesa a Hurtado que él mantiene una relación con Niní, pero que no es nada serio. Le sugiere, además, que él puede hacer lo mismo con Lulú. Andrés accede a conocerlas por curiosidad. El ambiente de la casa es bastante miserable. A Andrés, Lulú le parece una muchacha graciosa e ingeniosa, pero fea y carente de ingenuidad y frescura. Él cree que se debe a que está arruinada por el trabajo, la miseria y la inteligencia, que no permiten que parezca joven a sus dieciocho años. Se va de allí convencido de que lo que hace su amigo, aprovecharse de la miseria de la familia para hacer de Niní su querida y luego abandonarla, es muy malo.

Capítulo 2: Una cachupinada

Para Carnaval, Aracil invita a Andrés a un baile en casa de las Minglanillas. Allí, le presenta a un sainetero que pronuncia chistes vulgares y a Antoñito Casares, un periodista andaluz al que le gusta seducir mujeres y aprovecharse de ellas. Cuando el baile comienza, Andrés se sienta a conversar con Lulú. Ella le dice que sabe que lo ha enviado su amigo y le confiesa que también sabe cuáles son las intenciones de Aracil: divertirse con su hermana, una chica pobre, y luego abandonarla para casarse con una mujer con dinero. Le dice, además, que ella sabe que Andrés no es así y que no se enamoraría de ella ni siquiera para divertirse. La charla entre ellos continúa amigablemente. A las doce y media de la noche, la fiesta concluye, ya que es la condición impuesta por Leonarda para realizar el baile.

Capítulo 3: Las moscas

Al salir de la fiesta, los hombres quieren continuar su paseo. Casares propone ir a la casa de doña Virginia, una comadrona, que está en su casa con dos hombres: su amante, un profesor italiano, y el director de una revista masona, un hombre de aspecto siniestro. Ella les dice que deben irse porque está de guardia y debe atender a una parturienta. A Andrés le resulta repulsiva. Otra vez fuera, los hombres se encuentran con un conocido de Aracil, el sobrino de un prestamista. Él critica a Virginia por ser una explotadora de las muchachas que lleva a su casa. El director de la revista, que ha salido con ellos, le dice a Andrés que Virginia ha matado a dos maridos, que realiza abortos, secuestra y vende muchachas para dedicarlas a la prostitución. Virginia es como una mosca sarcófaga que se aprovecha de las personas necesitadas. Además, asegura que el italiano no es profesor, sino un secuaz de ella. El sainetero propone ir a casa de Rafael Villasús, un autor de comedias y dramas. Allí, el sainetero y el marido de una de las hijas de Villasús comienzan a contar chistes y a burlarse del dueño de casa, que no se da cuenta de las bromas. Andrés se dirige a la cocina a buscar agua y se indigna con el proceder grosero del masón, por lo que lo insulta. Casares debe intervenir para evitar un conflicto mayor y Andrés se retira indignado por todo lo vivido aquella noche.

Capítulo 4: Lulú

Andrés siente deseos de conocer más a Lulú, por lo que comienza a visitarla. Él disfruta su conversación descarada, graciosa e inteligente. No siente atracción física por ella, pero la admira y estima. Es una joven servicial que trabaja como bordadora para un taller. Las tres mujeres de la familia, que en el pasado estuvieron en una mejor posición social, viven de lo que gana Lulú y de la pensión de Leonarda. Niní también trabaja, pero es más torpe y gana menos. Leonarda aprovecha las visitas de Prudencio González, un amigo del marido fallecido, para recordar el pasado próspero ya perdido.

Capítulo 5: Más de Lulú

Algunos sábados por la noche, Julio y Andrés invitan a Niní, Lulú y la madre de ellas al teatro. Los días de fiesta, por la tarde, Andrés acompaña a Lulú y a su madre a dar un paseo por el Parque del Retiro o por el Jardín Botánico de Madrid. Cuando ambos jóvenes se quedan a solas, Lulú le cuenta sobre problemas de su infancia, relacionados con jaquecas, nervios y golpes recibidos por comer periódico y yeso de las paredes. Le dice que ya no sufre aquello, pero que tiene otros problemas, como pasar por momentos de mucha energía y otros de mucho desánimo. Esta dualidad se refleja también en su forma de ser, espiritual y material a la vez, en sus simpatías y antipatías sin razón. Además, a través de sus conversaciones, Andrés descubre algunas cosas sobre la moral de Lulú, quien no juzga críticamente el adulterio ni los vicios, pero sí la hipocresía y la falta de lealtad. En esta línea, le confiesa que ella se iría con un hombre sin casarse si lo quisiera y le cuenta que a los doce años un hombre había intentado violarla.

Capítulo 6: Manolo el Chafandín

Lulú tiene una amiga mayor que ella llamada Venancia. Es una planchadora de su vecindad que vive con su hija, sus nietos y su yerno, Manolo el Chafandín. Manolo es un vago: no le gusta trabajar y vive a costa de Venancia. La hija de Venancia es holgazana y alcohólica. Venancia y su yerno discuten asiduamente y la mujer de este hombre lo apaña. Un día, Lulú sale en defensa de Venancia e insulta a la hija de esta. Por esto, Manolo decide pedir explicaciones a Lulú sobre sus palabras. Leonarda está preocupada por la actuación de su hija y por la respetabilidad social de la familia. Cuando Julio Aracil y Andrés Hurtado llegan, la mujer les cuenta lo sucedido. Andrés, entonces, promete que las defenderá si Manolo se presenta. Julio, para no quedar como un cobarde, se queda a su pesar. Por la tarde, Manolo aparece con un garrote en la mano y comienza a explicar las razones por las que está allí, señalando a Lulú con el garrote y alzando la voz. Cuando golpea el suelo, Andrés reacciona, le habla y termina amenazándolo golpearlo, por lo que el hombre se retira insultando.

Capítulo 7: Historia de la Venancia

Lo sucedido con Manolo provoca que comiencen a considerar a Andrés como un héroe en casa de Leonarda. Lulú lo lleva de visita a la casa de Venancia, una mujer muy trabajadora que se dedica al planchado. A Andrés le resulta extraña su idea del mundo: para ella, el rico , sobre todo el aristócrata, pertenece a una clase superior a la humana, por lo que tiene derecho al vicio y a la inmoralidad, mientras que el pobre le resulta monstruoso. Lo que a Andrés le resulta asombroso es que crea que el que posee privilegios tenga más derecho a otras ventajas que aquel que no posee nada. Durante la visita de Andrés, Venancia cuenta historias sobre sus jefes. Andrés critica a los protagonistas, pero Venancia sostiene que son todos buenos y caritativos. Andrés intenta convencerla de que el dinero de la gente rica procede del trabajo y sudor de los pobres que trabajan para ellos, y que eso se puede cambiar. Sin embargo, a Venancia no le importa: "Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos" (123).

Capítulo 8: Otros tipos de la casa

La vida social de Lulú pasa por lo que sucede en la vecindad. Allí hay varios personajes extraños. Por ejemplo, Nieves, la tía Negra, una verdulera vieja y borracha que tiene un delirio político que la hace vitorear por la República e insultar a las autoridades y a los ricos. Otra anciana rara del barrio es la señora Benjamina, a quien llaman Doña Pitusa y vive de la limosna que pide mediante engaños, con la que compra aguardiente. Su hijo es el Chuleta, empleado de una funeraria y enemigo de Manolo el Chafandín. Paca es una gallega que tiene una casa de huéspedes en las guardillas, en la que aloja a un estudiante, un enfermero y un cesante llamado don Cleto Meana. Don Cleto es un hombre muy culto que ha caído en la miseria y al que el narrador señala como "estoico" (126). Otro de los hombres que habitan esa vecindad es el Maestrín, un manchego pedante que es curandero y tiene una hija llamada Silveria. A Victorio, un joven de negocios polémicos y sobrino del prestamista, le atrae Silveria, pero su padre no permite que la deshonren. Todos pagan el alquiler de aquel sitio al tío de Victorio, llamado don Martín y apodado tío Miserias: un hombre rico, avaro y codicioso.

Capítulo 9: La crueldad universal

Andrés siente deseos de comentar filosóficamente las vidas de estas personas con su tío, el doctor Iturrioz. Con él puede conversar sobre temas trascendentales. Este hombre, médico militar retirado, vive en un piso del barrio Argüelles con la asistencia de un criado. En la bella azotea con vistas panorámicas, Andrés le cuenta sobre la vecindad mientras su tío riega las plantas. Al finalizar, Iturrioz le dice que entiende que la vida es una lucha perpetua entre unos y otros: "Una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros" (130). Como Andrés presenta reparos ante esas palabras, Iturrioz desarrolla su idea. Sostiene que esa idea de lucha tiene su analogía en la naturaleza. Le sugiere que no hay que indignarse ante aquellos hechos porque son inevitables. Ante la vida, entonces, Iturrioz dice no hay más que dos soluciones prácticas: abstenerse y dedicarse a la contemplación, o accionar, pero limitándose a un círculo acotado, sin querer abarcarlo todo. Ir en contra de lo inevitable resulta absurdo. Tras esta charla, Andrés se marcha confundido y angustiado por no saber qué hacer o qué dirección darle a su vida.

Análisis

En esta segunda parte de la novela continúa el periodo de formación de Andrés, aunque la universidad no es el tema principal, sino sus vínculos sociales. Aquí conoce a un personaje que es muy importante para la trama de la novela: Lulú. Pero, sobre todo, hay una gran cantidad de personajes que resultan tangenciales, no tienen gran importancia en el desarrollo principal de la trama, pero sirven para hacer reflexionar al protagonista sobre los tipos sociales y sobre la vida. Las reflexiones a las que llega en el último capítulo, en conversación con su tío, están vinculadas con la serie de personajes que conoce en este periodo. La gran mayoría de ellos sirve para reforzar la crítica a la situación que vive España a fines del siglo XIX, dado que representan la miseria económica y moral de la nación, como doña Virginia, el Maestrín, el Chuleta o la tía Negra. Todos ellos son seres propensos a la mentira, el vicio, la violencia o la estafa.

Un personaje que aparece aquí y vuelve a tener relevancia hacia el final de la novela es Rafael Villasús. Villasús es un personaje inspirado en un escritor y periodista bohemio popular en la España de fin de siglo. No solo tiene su homenaje aquí, sino que Ramón del Valle-Inclán, otro de los escritores de la generación del 98, evoca su figura para la creación del personaje Max Estrella, de su obra Luces de Bohemia (1924). Aunque la obra de Baroja sea previa a las obras esperpénticas de Valle-Inclán, justamente, estos personajes secundarios y tangenciales diseminados en la novela de Baroja presentan similitudes con los personajes característicos del esperpento. El esperpento es un género literario dramático, íntimamente identificado con la producción de Valle-Inclán. En este tipo de obras se ejecuta una sátira social y la realidad aparece deformada por situaciones que se producen en ambientes pueriles con una gran cantidad de personajes grotescos y absurdos, que suelen ser borrachos, prostitutas, fracasados, mendigos.

Algunos de estos personajes secundarios ayudan a seguir construyendo la caracterización del personaje, como el director de El Masón Ilustrado o Manolo el Chafandín, dado que, a partir de las situaciones que el protagonista atraviesa con ellos, podemos apreciar la actitud justiciera del muchacho. Así, que en la primera parte de la novela responda con el puño levantado ante el médico que ordena matar al gato no resulta una conducta aislada. Si bien, casi siempre mantiene una actitud paciente ante lo que no le agrada, en estos hechos demuestra su valentía y su determinación ante lo que le resulta ingrato o injusto al oponerse enfáticamente ante ellos.

El personaje de Lulú es central en la novela. Ella despierta la curiosidad y admiración de Andrés, a pesar de la caracterización que se hace de ella. Lulú recibe, por parte del narrador, una descripción fisonómica detallada y que no se estructura a partir de halagos a su persona. De ella se destacan características diferentes a las que se esperaría encontrar en una muchacha de dieciocho años. Según el narrador, "le faltaba el atractivo principal de una muchacha: la ingenuidad, la frescura, la candidez" (97). Se menciona su falta de belleza y se describe de la siguiente forma:

Tenía los ojos verdes, oscuros, sombreados por ojeras negruzcas; unos ojos que a Andrés le parecieron muy humanos; la distancia de la nariz a la boca y de la boca a la barba era en ella demasiado grande, lo que le daba cierto aspecto simio; la frente pequeña, la boca, de labios finos, con una sonrisa entre irónica y amarga; los dientes blancos, puntiagudos; la nariz un poco respingona, y la cara pálida, de mal color (97).

Además, aunque tiene dieciocho años, se dice que aparenta ser mayor por ser "un producto marchito por el trabajo, por la miseria y por la inteligencia" (97). Es llamativa aquí, por su misoginia, la cosificación de la muchacha, que es catalogada como "producto marchito", y la consideración de que la inteligencia arruine a una mujer. Sin embargo, esta idea de la inteligencia como algo peligroso va a volver a tratarse en la parte central de la novela, en la que se discute el título de la obra, y no es exclusiva del género femenino, por lo que volveremos sobre esta idea.

Hay una crítica de Andrés Hurtado, en esta parte de la novela, a la forma en la que las mujeres son tratadas como objetos sexuales. En primer lugar, el personaje juzga la actitud de su amigo Aracil: "Aprovecharse, como Julio, de la miseria de la familia para hacer de Niní su querida, con la idea de abandonarla cuando le conviniera, le parecía una mala acción" (98). Esto se lo dice de forma directa a su amigo, cuando lo acusa: "Pero has inutilizado a la muchacha" (96). Con esta idea, hace referencia a que Niní y su amigo han mantenido relaciones sexuales, por lo que ella ya no es virgen, como se espera en aquella época que una muchacha lo sea cuando contrae matrimonio. Andrés juzga egoísta la actitud de su amigo y este, en cambio, lo tilda de tonto por no aprovecharse de la situación y hacer lo mismo. La actitud reprochable de Aracil se vislumbra desde el inicio, cuando apoda como Minglanillas a las muchachas para burlarse de ellas, dado que el nombre alude a los personajes de las obras costumbristas y cómicas de Luis Taboada y González. Una vez más, una característica de Andrés Hurtado aparece a través del contraste con otro personaje: él se muestra preocupado por la reputación de las mujeres, es respetuoso y forja un vínculo que no se basa en lo sexual.

En segundo lugar, la actitud crítica del personaje se deposita en doña Virginia. Su rol está inspirado en la figura clásica de la Celestina, personaje de Fernando de Rojas, que es una anciana avara, egoísta y seductora que regentea un burdel y se dedica a ser partera, curandera, prostituta y hechicera, entre otras tareas. Virginia tiene un empleo como partera en el hospital, pero, además, practica otras actividades: "Hacía abortar, suprimía chicos, secuestraba muchachas y las vendía" (106). La segunda parte de la novela recibe el nombre de "Las carnarias", justamente, por este personaje. "Carnaria" es un adjetivo que refiere a las moscas que se alimentan de carne. A esta mujer se la presenta con un símil que la animaliza y compara con las moscas carroñeras, las que se alimentan de la miseria y aprovechan las sobras: "Como esas moscas sarcófagas que van a los animales despedazados y a las carnes muertas, así aparecía doña Virginia con sus palabras amables, allí donde olfateaba la familia arruinada, a quien arrastraban al spoliarium" (106). El spoliarium es un sitio del circo romano donde se deposita a los heridos o a los gladiadores fallecidos para incinerarlos. Es decir que la mención a este lugar se usa como metáfora de la nueva vida de tortura y sufrimiento a la que se enfrentan las muchachas que caen en las redes de trata de esta persona.

En el último capítulo de esta parte, Andrés mantiene una conversación articulada a través de preguntas que le hace a Iturrioz sobre los tipos humanos conocidos durante el último tiempo. He aquí la utilidad de la gran cantidad de personajes que deambulan por los espacios de estos capítulos, ya que son los que permiten la reflexión filosófica. La primera conjetura que recibe de su tío sobre la forma de vivir de las personas es la siguiente: "Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas, microbios, animales" (130). El concepto de Iturrioz de la vida como cacería se relaciona con la teoría de la evolución de Charles Darwin: la lucha vital por la supervivencia implica que una especie se imponga por sobre otra. Esto, trasladado al tema de conversación de tío y sobrino, sería que también en la sociedad, como sucede en la biología, unos se imponen sobre otros. Iturrioz continúa más adelante, haciendo alusión a la teoría de la adaptación al medio del darwinismo: "Todo lo que vive tiene un proceso para apoderarse primero del espacio, ocupar un lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía de un vivo contra los obstáculos del medio, es lo que llamamos lucha" (131). Lo que intenta decir el tío de Andrés es que esta es la forma natural de actuar de las personas porque así actúa la naturaleza. Las ideas de Iturrioz parten de los conceptos del filósofo empirista inglés del siglo XVII Thomas Hobbes, para quien no es posible vivir en verdadera libertad, porque, para lograr la convivencia social, es necesaria la regulación con leyes y medidas que se interpongan a los mandamientos de la conducta individual que tiene estas características que él señala.

Ante ello, Andrés insiste. Él, joven e idealista, quiere saber qué puede hacer para que haya justicia en el mundo y para vivir con algo de decoro; Iturrioz, maduro y conservador, lo aconseja y le plantea "dos soluciones prácticas para el hombre sereno: o la abstención y la contemplación indiferente de todo o la acción limitándose a un círculo pequeño" (132). Es decir, le plantea que no es posible una justicia universal, sino solo una justicia limitada a la búsqueda del bien en un problema concreto y en un contexto delimitado. El otro camino es el de la filosofía, el que se basa en una contemplación pasiva, indiferente e imperturbable, que sería la ataraxia. Don Cleto Mena, el personaje presentado como estoico en esta parte, sería un hombre que vive bajo esta postura. Efectivamente, se denomina ataraxia a una disposición de ánimo propuesta por los filósofos estoicos atenienses del siglo III a. C. Esta corriente persigue la idea de que bajo cierta disposición del ánimo se puede lograr el equilibro y la fortaleza para afrontar la vida, liberándose de pasiones y deseos perturbadores.

El espacio donde se desarrolla esta conversación es significativo. Cuando Andrés llega a la azotea, observa hacia los distintos puntos cardinales y reconoce algunos edificios y lugares que están lejos de la ubicación de la casa de Iturrioz: su visión es amplia, los sitios son inabarcables, se despliegan por kilómetros hacia diferentes puntos. Al terminar la conversación, vuelve a observar: "Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban unas palomas; en un canalón grande corrían y jugueteaban unos gatos" (135). No sólo la visión que tiene ahora delimita más el espacio, sino que, además, entre esas dos especies animales puede llegar a establecerse una lucha con la consecuente supervivencia del más fuerte. Lo conversado con su tío se escenifica entonces en el espacio. Mientras conversa, además, su tío riega las plantas de su azotea: ordena la naturaleza.