La guerra de los mundos

La guerra de los mundos Resumen y Análisis Libro segundo, Capítulos 1-5

Resumen

Capítulo 1: Aplastados

El narrador y el cura se han resguardado en una casa abandonada para escapar del humo negro. El narrador se enfada tanto con el cura que termina por encerrarse en un ático. Finalmente, un marciano llega y limpia el humo con un vapor hirviente que quema la mano del cura cuando rompe una de las ventanas de la casa en la que se resguardan. Esa tarde, sin marcianos a la vista, los personajes abandonan su escondite y continúan su camino hacia Leatherhead en medio de la desolación del paisaje.

Cuando llegan a los alrededores de Richmond, se topan con un trípode que persigue a tres humanos. El aparato agarra a aquellas personas con sus tentáculos y los arroja a una especie de caja que lleva en la parte posterior. El narrador entonces comienza a reflexionar que quizás los extraterrestres no quieren exterminar a los humanos, sino que tienen otros objetivos.

Durante la noche, los dos hombres abandonan su escondite y vuelven a moverse. Finalmente, se refugian en una casa abandonada donde encuentran mucha comida y bebida. De pronto, una enorme explosión destruye la casa y deja inconsciente al narrador. Cuando despierta, se da cuenta de que ha quedado encerrado junto al cura en aquella casa, ahora rodeada de una montaña de tierra arrojada por la caída de un cilindro a poca distancia.

Capítulo 2: Lo que vimos desde las ruinas

El narrador y el cura están encerrados en la casa destruida y lo único que pueden hacer es observar por una rendija la actividad de los marcianos en el cráter del quinto cilindro. Desde allí, el protagonista observa el trabajo de una extraña y fabulosa máquina que, por sus movimientos, parece un ser vivo: la máquina posee una serie de patas -como las de arañas, articuladas por medio de mecanismos que asemejan mucho a los músculos- y de tentáculos que utiliza para desarmar el cilindro y acumular de forma ordenada las placas metálicas a un lado.

El narrador también tiene tiempo de sobra para observar la anatomía de los marcianos, a quienes describe como un cuerpo/cabeza esférico de alrededor de 1,20m de diámetro, con una ranura en forma de pico como boca y otra ranura posterior que funcionaría, probablemente, como órgano auditivo. Alrededor de la boca, 16 tentáculos conforman los apéndices móviles que el marciano usaría en Marte para desplazarse y manipular objetos. Aquellas criaturas no poseen más que cerebro, y el narrador considera que la falta de sistema digestivo delata la evolución de aquellas criaturas, ya que la digestión es la acción fisiológica que más energía le consume al ser humano. A su vez, indica que los marcianos no se reproducen sexualmente, e indica que -como se comprobó después de la guerra- las crías nacen como extensiones pegadas al cuerpo de sus padres.

Como no tienen sistema digestivo, los marcianos se alimentan de sangre que inyectan directamente a su sistema; esto explica por qué capturan vivos a los humanos. Después de la guerra, el narrador indica que se han encontrado en los cilindros criaturas bípedas, similares a las personas, traídas de Marte y drenadas de sangre que seguramente fueron el alimento de los marcianos durante su largo viaje.

Otras dos cuestiones destaca el narrador: los marcianos no necesitan dormir, por lo que pueden trabajar de forma constante, y tampoco están acostumbrados a la vida de microorganismos causantes de enfermedades, ya que los virus y las bacterias no se han desarrollado en Marte. Finalmente, nota también que ninguno lleva ropas, aunque sí utilizan muchos objetos tecnológicos. Tras estas indicaciones, cede su puesto de observación al cura.

Capítulo 3: Los días del encierro

Atrapados por los marcianos en las ruinas de la casa, el narrador y el cura pasan su tiempo durmiendo y mirando lo que sucede en el cráter a través de una rendija. El narrador comienza a enfadarse con el cura, ya que el hombre se queja constantemente y se come las pocas raciones que tienen de forma compulsiva, por lo que las peleas entre ellos se hacen cosa de todos los días y debe incluso pegarle para evitar que acabe con las provisiones.

El protagonista observa que los marcianos traen al pozo personas aún con vida; no puede ver lo que les pasa, pero escucha gritos y luego un silencio ominoso. Días después llega a ver cómo los marcianos matan y absorben la sangre de un joven. Tras este episodio, decide escapar. Trata entonces de cavar un túnel en la dirección opuesta al cráter, pero la estructura colapsa al poco tiempo. Para ese momento, lleva cinco días encerrado en la casa con el cura.

Capítulo 4: La muerte del cura

Las peleas entre el narrador y el cura continúan y se hacen cada vez más violentas. Parece que el sacerdote ha perdido la razón y amenaza a su compañero con comenzar a gritar para que los marcianos los encuentren si no le permite seguir comiendo las provisiones racionadas.

Un día, en un acceso particularmente violento, el cura comienza a correr por la casa, gritando que Dios ha enviado un castigo a la humanidad por sus pecados, y que él está llamado a ser testigo del apocalipsis, por lo que intenta salir del escondite. Para evitarlo, el narrador lo golpea en la nuca y su compañero cae al piso, inconsciente. Sin embargo, uno de los marcianos ha escuchado los gritos y se asoma por una rendija. Luego, introduce uno de sus tentáculos, captura el cuerpo del cura y lo arrastra hacia afuera.

Aterrorizado, el narrador se esconde en una pequeña sala utilizada para guardar la leña y el carbón, en la cocina. El tentáculo es extremadamente largo y recorre todas las superficies de la cocina, encuentra la puerta de la pequeña salita de carbón, la abre y palpa su interior. El protagonista se ha cubierto de carbón, y gracias a ello se salva del contacto con el marciano, que solo llega a tocarle el taco de uno de sus zapatos.

El narrador se queda todo un día allí escondido, temblando ante la posibilidad de que el tentáculo marciano regrese. Cuando finalmente abandona el escondite, es el undécimo día de encierro en la casa en ruinas.

Capítulo 5: El silencio

Tras abandonar su escondite, el narrador se percata de que el marciano se ha llevado todas las provisiones de comida. El duodécimo día, enloquecido de sed, se arriesga a usar la bomba de agua, a pesar del ruido que hace. Afortunadamente, nada sucede.

El protagonista se da cuenta entonces de que la luz en la casa se ha tornado rojiza; al investigar, descubre que esto se debe a que fuera de la cocina, el resto de la casa ha sido invadido por la hierba roja traída por los marcianos y que ha crecido a través de la rendija que utilizaban para observar el cráter.

Tras dos días de espera, el narrador escucha el ladrido de un perro y siente luego que está escarbando en las ruinas de la casa. Al principio considera la posibilidad de matarlo para alimentarse y evitar que sus ladridos atraigan a los marcianos, pero el perro se escapa. El narrador piensa entonces que si un animal puede andar por allí libremente, quizás los marcianos se han ido. Se asoma entonces por la rendija y observa que el cráter ha quedado vacío, a excepción de algunos cuerpos humanos. Entonces, sale por primera vez en quince días y siente la suave brisa contra su rostro.

Análisis

Esta sección de la novela está dominada por la permanencia del narrador en la casa destruida y por la observación que logra hacer de los marcianos. El narrador está atrapado en la casa por casi dos semanas, tiempo durante el cual no ha sostenido ninguna interacción con el mundo exterior, aparte de lo que ha visto por la rendija que daba al campamento marciano. Sin embargo, aquel tiempo encerrado le da la oportunidad de observar a los invasores y aprender de ellos. En el futuro, este conocimiento será el que lo empuje a escribir su relato sobre la invasión, ya que es, probablemente, la persona que más tiempo ha estado en contacto directo con los marcianos y ha aprendido mucho: aquellas criaturas no tienen género, no utilizan ropas y subsisten succionando la sangre de otras criaturas. Esta ultima observación había sido presagiada cuando el narrador vio a los trípodes marcianos persiguiendo humanos y colocándolos en una especie de canastas que llevaban en la parte posterior de su maquinaria de guerra.

La descripción que realiza el protagonista gracias a su posición de observador privilegiado constituye la muestra máxima de alteridad de la novela. Los marcianos se perfilan como criaturas viles y sádicas, que obtienen placer al devorar a sus víctimas humanas al igual que los vampiros, tan famosos en el terror gótico del siglo XIX. Esta percepción cargada de la subjetividad del narrador-observador entra en fricción con el carácter expositivo con el que se explica la anatomía del marciano:

Vi entonces que eran las criaturas más extraterrestres que imaginarse pueda. Eran enormes cuerpos redondeados -más bien debería decir cabezas-, de un metro veinte de diámetro, y cada uno tenía delante una cara. Esta cara no tenía nariz -los marcianos parecen no haber tenido el sentido del olfato-, sino sólo un par de ojos muy grandes y de color oscuro, y debajo de ellos una especie de pico carnoso. En la parte posterior de la cabeza o cuerpo -no sé cómo llamarlo- había una superficie tirante que oficiaba de tímpano y a la que después se ha considerado como la oreja, aunque debe haber sido casi inútil en nuestra atmósfera, más densa que la de Marte.

En un grupo alrededor de la boca había dieciséis tentáculos delgados y semejantes a látigos, dispuestos en dos montones de ocho cada uno. (…) Diré de paso que el estudio de estos seres ha demostrado después que su anatomía interna era muy sencilla. La mayor parte de la estructura era el cerebro, que enviaba enormes nervios a los ojos, oreja y tentáculos táctiles. Además de esto estaban los complicados pulmones, a los que daba la boca directamente, y luego el corazón y sus arterias. La laboriosa función pulmonar causada por nuestra atmósfera, más densa, y por la mayor atracción gravitacional era claramente evidente en los convulsivos movimientos de sus cuerpos.

Y esto es el total de los órganos marcianos. Por extraño que el detalle pueda parecer a un ser humano, todo el complejo aparato de la digestión, que forma la mayor parte de nuestros cuerpos, no existe en los marcianos. Eran cabezas, solamente cabezas. Entrañas no tenían. No comían y, naturalmente, no tenían nada que digerir. (p.128)

El narrador continúa describiendo otras cuestiones relacionadas con los modos de vida de los marcianos, como su falta de sexo visible y su presunta telepatía.

Más adelante, sin embargo, el relato subjetivo vuelve a cobrar dominancia, y el narrador ilustra el modo de alimentación de los marcianos con una imagen espantosa que mucho debe al terror gótico inglés:

De pronto oí un grito y vi un largo tentáculo que pasaba sobre el hombro de la máquina para introducirse en la jaula que colgaba de su espalda. Levantó luego algo que se agitaba violentamente y que se recortó oscuro contra el cielo estrellado. Al bajar el tentáculo vi a la luz del fuego que era un hombre. Por un instante estuvo claramente a la vista. Era un hombre robusto, rubicundo y de edad madura. Vestía muy bien, y tres días antes debía haber sido un individuo de importancia en el mundo. Vi sus ojos muy abiertos y el reflejo de sus gemelos y cadena de oro. Desapareció detrás del montón de polvo y por un momento reinó el silencio. Después se elevó un grito terrible en la noche y el gozoso ulular de los marcianos (...). (pp.138-139)

En este vaivén entre el terror y la fascinación que le producen los marcianos, el narrador trata de dar una imagen precisa de su anatomía, a la vez que intenta ser fiel a sus sentimientos y su forma de experimentar lo sucedido.

A pesar de la brutalidad del accionar marciano que el protagonista contempla, de alguna manera logra mantener la razón y seguir pensando lógicamente. En un momento indica que quizás eso se debe a la locura del cura con quien está encerrado: como su compañero ha perdido la razón y actúa guiado por sus impulsos, el narrador ha tenido que concentrarse en contenerlo, y quizás eso fue lo que lo previno a él de enloquecer. En verdad, la figura del cura y su conflicto con el narrador son elementos importantes dentro de la obra, a través de los cuales la religión se manifiesta como un tema problemático.

El cura es una persona conflictiva, mezquina y testaruda. Si bien es evidente que los eventos trágicos que presenció y protagonizó han quebrado su razón, Wells utiliza su imagen para poner de manifiesto la incapacidad de la religión para dar respuestas frente a las crisis humanas. La fe del representante de la iglesia flaquea ante la adversidad, y el cura abandona los preceptos que predica y se entrega a los impulsos más violentos y animales. Así, no solo ignora los intentos del narrador por escapar, sino que devora las provisiones que tienen durante el encierro, sin considerar la necesidad de racionarlas. Más adelante, conforme el cautiverio avanza y su razón se deteriora, el sacerdote estalla en un acceso vehemente y le echa la culpa de la invasión a una sociedad compuesta por pecadores. Su rapto de locura lo empuja a proclamar el apocalipsis, creyendo que de sus labios emerge la palabra divina. Anunciando a gritos el castigo a todos los humanos (“Ay de los habitantes de la Tierra, que no oyen la voz de la trompeta!(...)”, p.142), el cura intenta salir y exponer al narrador frente a los marcianos, hasta que aquel debe golpearlo para que guarde silencio. Sin embargo, los marcianos ya los han escuchado, y un tentáculo ingresa a las ruinas, descubre el cuerpo inconsciente del sacerdote y se lo lleva. La muerte del cura pone así de manifiesto el colapso de la religión como un sistema de creencias capaz de explicar al mundo y de brindar contención al ser humano.

Con la muerte del cura, Wells demuestra que Dios ya no está en el centro de ningún sistema que explique y justifique el mundo. Lo que es más, ni siquiera el hombre lo está, como ha mostrado la invasión marciana. Así, la crisis de valores que presenta La guerra de los mundos y su premisa de una invasión de seres más inteligentes que los humanos pone en jaque a todos los paradigmas de la modernidad.

Finalmente, como se ha mencionado anteriormente, la ciencia ficción es capaz de ilustrar, desde la especulación de mundos y futuros posibles, problemas de la actualidad en la que viven los escritores o los lectores. En ese sentido, la hierba roja que cubre los campos de Inglaterra, asfixiando a otras especies y modificando los cauces de los ríos, puede interpretarse como un abordaje ficcional de un problema real: las especies invasivas, que son llevadas de un ecosistema a otro sin consideración, pueden causar grandes desastres ambientales.